Relato publicado en Antologia Winged 2021

En el silencio más profundo de la noche, un escalofriante silbido atraviesa toda la casa.

Después llegan los pasos.

Firmes.

Lentos.

Las viejas tablas de madera crujen una a una mientras alguien se acerca.

Daniela permanece tendida en la oscuridad, sobre un charco de sangre que ya empieza a enfriarse. La visión se le nubla. Cada respiración le desgarra el pecho como si fragmentos de vidrio se clavaran en sus pulmones. Apenas puede mover un dedo sin sentir que el dolor la consume por dentro. Su cuerpo ha sido destrozado con una crueldad inhumana, como una flor arrancada y estrujada entre manos despiadadas.

Entonces lo ve.

Él avanza silbando una melodía extrañamente alegre. La contempla durante unos segundos, orgulloso de su obra, y con las manos aún cubiertas de sangre aparta con delicadeza un mechón de su cabello. Cierra los ojos y aspira profundamente, como si disfrutara el aroma de la muerte.

El corazón de Daniela se hace añicos.

Se niega a creer que aquel hombre de sonrisa enfermiza sea el mismo que un día le prometió amarla y protegerla para siempre.

«No... Es una alucinación. Charly jamás podría hacerme esto.»

La esperanza apenas alcanza a nacer cuando él la levanta del suelo con brutalidad. Un dolor insoportable le atraviesa el cuerpo al quedar colgada sobre sus hombros. Siente que los huesos vuelven a romperse.

Sin fuerzas para resistirse, es sacada de la casa que durante tres años creyó su hogar. El silbido continúa, agudo e insoportable, perforándole la cabeza mientras observa su propia sangre resbalar entre los dedos y caer lentamente sobre el camino.

La noche es oscura. El viento sacude las ramas de los árboles, que proyectan figuras deformes sobre el suelo. Un instante después, Charly la arroja a la parte trasera de la camioneta como si fuera un animal muerto. El impacto le arranca un gemido ahogado. Tendida sobre una vieja frazada, apenas logra mantener los ojos abiertos. La hinchazón apenas le permite distinguir el rostro del hombre que, sonriendo con una ternura escalofriante, aparta una vez más el cabello de su rostro para contemplarla por última vez.

—Lo siento tanto, cariño —dice con voz ronca mientras desliza la mano por su rostro desfigurado—. No quería llegar a estos extremos, pero me dejaste sin alternativa. Si hubieras cooperado, quizá solo te habría puesto una bala en la frente. Pero tenías que ser tan irritante.

—M-mal... d-dito —balbucea Daniela sin apenas mover los labios.

—Chsss... —Charly le cubre la boca con un dedo—. No te esfuerces. Ya todo terminó. ¿Quieres saber si me arrepiento? La respuesta es no. ¿Sabes por qué? Porque nunca me interesaste como mujer. ¿Acaso nunca te miraste en un espejo? Lo único atractivo en ti son tus millones.

Estalla en una carcajada que llena a Daniela de rabia. Quisiera lanzarse sobre él y matarlo, pero no puede mover un solo músculo. Las lágrimas resbalan por sus mejillas mientras siente que algo le aplasta el corazón dentro del pecho.

Charly regresa a la casa sin dejar de reír y vuelve unos instantes después con una pala y un par de bolsas negras, que arroja a su lado.

—Ahora sí, preciosa —dice, soltando un suspiro de alivio—. Ya está todo listo para llevarte a tu nueva morada. Ay, no me mires así, cariño. Te prometo que descansarás eternamente de este suplicio. A mí tampoco me gusta verte en este estado. Si antes ya me parecías asquerosa, imagina cómo luces ahora. Mirarte me revuelve las tripas. En fin... —sonríe—. Este tormento terminará dentro de unas horas y este viudo disfrutará hasta la muerte de la buena vida con tus millones.

Feliz por el futuro que le espera, se pone al volante y se pierde en la carretera. La noche permanece en calma. Nada se escucha, excepto un leve silbido que se desliza alrededor de Daniela y parece susurrar:

«Heeermaaana... vengaaanza...»

Ella permanece inmóvil, observando sus manos rotas y la sangre coagulada entre sus dedos, mientras cada bache de la carretera vuelve a desgarrarle el cuerpo. Lo único que aún conserva intacto son los recuerdos del ataque.

«¡Maldito cobarde!», grita para sus adentros.

De pronto, todo se vuelve rojo.

«Hermaaana... hermaaana...», silba una voz cerca de su oído. «Míranos, hermana.»

¿Acaso se está volviendo loca? Es lo más probable. No existe una parte de su cuerpo que no esté destrozada y quizá ese resplandor rojo signifique que ha perdido la vista.

«Sí... estoy casi muerta», intenta convencerse.

«Daniela, abandona ese cuerpo y acepta tu don.»

Una sacudida de la camioneta la deja mirando hacia el cielo. Solo entonces distingue, entre las nubes grises, una luna llena y roja, tan roja como su sangre, resplandeciendo con una intensidad imposible. Bajo ella flotan cuatro sombras, mantos de humo negro que se unen y se separan, formando figuras inhumanas.

«Abre los ojos, hermana. Tu destino no es morir como un cerdo.»

«Tienes el poder de doblegar al mundo entero.»

«Despierta, Daniela... despieeertaaaa...»

Sus párpados vuelven a cerrarse, vencidos por el dolor y el cansancio. Resulta difícil conservar la lucidez cuando se está al borde de la muerte y el cielo comienza a llenarse de cosas que no deberían existir.

«No te rindas, hermana.»

«Deja que fluya el poder.»

«Estamos contigooooo...»

Las voces insisten, como si realmente estuvieran allí, acompañándola, intentando mantenerla consciente. Pero ¿cómo saber si son reales, cuando lo único verdadero parece ser la oscuridad de la carretera y el viento frío golpeándole el rostro?

La camioneta se detiene de pronto.

Charly la levanta sin esfuerzo y la carga sobre sus hombros como un saco. Daniela apenas logra distinguir el sendero. Solo escucha el latido de su corazón, cada vez más débil, antes de ser arrojada violentamente sobre la tierra húmeda.

«¡Maldito miserable!», grita dentro de sí con la poca conciencia que aún conserva.

Charly vuelve a silbar mientras se quita la chaqueta y comienza a cavar. Cada vez que hunde la pala en la tierra, pequeñas porciones de barro caen sobre el cuerpo destrozado de Daniela.

«¡Levántate, hermana!»

«Reconoce el poder que fluye en ti.»

«Recuerda... recueeerdaaa...»

Un estruendo sacude el cielo.

La lluvia comienza a caer de improviso, empapando lo que queda de ella y arrastrando su sangre sobre la tierra. En pocos segundos, un río rojizo se desliza hasta la fosa que Charly está cavando.

—¡Maldita lluvia! —grita desde el agujero—. Creo que con esto será suficiente.

De un salto sale de la fosa, se acerca a su esposa y la levanta como si fuera un trozo de papel mojado. Luego la arroja dentro.

Daniela ya no emite ningún sonido.

«¡Hermana!»

El grito atraviesa el viento, agudo y escalofriante.

Esta vez Charly también lo escucha.

Mira a su alrededor, inquieto, y comienza a cubrir el cuerpo con desesperación.

«¡Maldito hijo de puta! Voy a matarte. Si existe otra vida después de esta, te encontraré y te arrancaré las entrañas. No esperes piedad. Haré que supliques por morir. ¡Lo juro! ¡Lo juro!»

Ese es el último pensamiento de Daniela antes de que la tierra le arrebate el aire.

Cuando Charly termina, la fosa ha quedado perfectamente cubierta y la lluvia borra cualquier rastro de su presencia. Antes de marcharse, contempla el lugar durante unos segundos y lanza un beso al aire.

Daniela ha muerto.

Sin embargo, sus palabras llenas de odio han sido escuchadas.

Y su venganza acaba de despertar.

Unos segundos después, un rayo cae sobre la tumba improvisada. Un grito aterrador sacude el bosque y hace volar a todas las aves refugiadas entre las ramas. La lluvia cesa de golpe y la tierra comienza a estremecerse.

Primero se abre una pequeña grieta.

Después emerge una mano.

Se alza con violencia hacia el cielo.

A varios kilómetros de allí, el irritante silbido de Charly se interrumpe cuando una masa negra y humeante cruza frente a la camioneta. La figura suelta un chillido agudo que le paraliza el corazón.

—¡Carajo! —gruñe mientras desacelera.

Abre la guantera, saca una pequeña botella de coñac y bebe un largo trago antes de volver a pisar el acelerador.

Entonces un chillido ensordecedor estalla dentro del vehículo.

Las ventanillas explotan y el sonido parece desgarrarle los tímpanos. Charly intenta controlar la camioneta sobre la carretera resbaladiza, pero ya es demasiado tarde. El vehículo da varias vueltas antes de estrellarse contra un árbol.

Apenas comienza a reaccionar cuando una pesada figura cae sobre el capó y lo destroza.

Charly levanta la mirada.

Y un grito desgarrador brota de sus entrañas al encontrarse frente a aquel ser diabólico.


La lluvia cesó tan de repente como había comenzado.

El bosque volvió a quedar en silencio.

Solo el viento seguía silbando entre los árboles.

A varios kilómetros de allí, Charly respiró con alivio. Aún temblaba por aquella sombra negra que había cruzado frente a la camioneta. Sacó una pequeña botella de coñac de la guantera, bebió un largo trago y volvió a acelerar.

Entonces el silbido regresó.

No venía del viento.

Venía del asiento trasero.

Un chillido agudo, inhumano, estalló dentro del vehículo.

Las ventanillas explotaron al mismo tiempo.

Charly soltó un grito e intentó controlar el volante, pero la camioneta derrapó sobre el barro. Dio varias vueltas antes de estrellarse violentamente contra un árbol.

Durante unos segundos solo se escuchó el motor agonizando.

Después...

Un golpe.

Algo pesado cayó sobre el capó.

Charly levantó la vista y gritó.

Fue un grito tan desgarrador que hizo levantar el vuelo a todas las aves ocultas entre las ramas.

Nadie volvió a oírlo.

La patrulla llegó al amanecer, alertada por el accidente.

Encontraron la camioneta destrozada contra el tronco de un viejo roble. El conductor seguía en el asiento.

Su cabeza colgaba fuera de la ventanilla, unida al cuerpo apenas por unos jirones de carne.

Todo el interior del vehículo era un charco de sangre.

No encontraron huellas alrededor, ni rastros de otro vehículo, ni señales de que alguien hubiera sobrevivido al impacto.

Solo un detalle inquietó a los agentes más veteranos. Sobre el parabrisas, escrito con un dedo empapado en sangre, había una única palabra.

Venganza.

Cuando el forense levantó el cadáver, un silbido agudo recorrió el bosque.

Los policías levantaron la vista, no había nadie, solo el viento...

...o eso prefirieron creer.