DANELLA

La conciencia regresa a tirones, como un cable que alguien hala dentro de mi cráneo. El aire huele a formol, humedad y carne vieja. Es un olor que reconozco, familiar, casi reconfortante.

Una morgue. O lo que queda de una. El lugar es un cadáver de sí mismo. Las camillas oxidadas, los armarios de instrumentos abiertos y vacíos, las sombras temblorosas que las luces intermitentes apenas sostienen. No hay rastro de vida. Solo el eco metálico del pasado y el zumbido eléctrico que no cesa.
Las paredes supuran moho, la luz parpadea como un corazón moribundo. Una máquina zumba a lo lejos; acompasa mi respiración, o tal vez la controla.

Estoy atada. Las correas presionan mis muñecas hasta cortar la circulación. Observo, analizo. Ninguna fuerza bruta me servirá aquí; el dolor no me interesa, solo el método.

Thomas. El nombre se incrusta en mi mente como una astilla.

Frente a mí, algo se mueve. Una figura encorvada. Cuando mi vista se aclara, la identifico.
Anabelle.

Su rostro es una colección de daños recientes: hematomas, quemaduras, la piel abierta en puntos exactos. No hay azar en esas heridas; hay intención, estructura. Él no actúa por ira. Actúa por fascinación.

La observo en silencio. Tiembla. Su respiración es irregular, los ojos buscan algo que no puedo darle. Compasión, tal vez.
Error.

No siento nada por ella.
Solo curiosidad.

Su presencia aquí no encaja. Es la asistente de Moreau, no una víctima cualquiera. Si Thomas la trajo, tiene un propósito. Y si tiene un propósito, puedo usarlo.

Sus ojos me suplican, pero yo solo la estudio. El miedo la descompone, y eso, en cierto modo, la vuelve más humana.
A veces olvido lo que eso significa.

La puerta metálica se abre con un chirrido largo, deliberado. El sonido se arrastra por las paredes como una cuchilla oxidada.
Thomas entra sin prisa, enfundado en una bata blanca impecable. Las mangas arremangadas, los guantes de látex ajustados a la perfección. Detrás de sus lentes de laboratorio, sus ojos brillan con una calma antinatural, casi eufórica.

La luz parpadea justo cuando sonríe. Y en ese instante, todo —el olor, el frío, el silencio— se convierte en parte de su experimento.

—Al fin despertaste—dice con esa voz suave que parece más peligrosa que un grito— Tenemos tanto de qué hablar, piccola creatura.

Se detiene frente a mí, tan cerca que puedo oler el desinfectante y el perfume metálico del laboratorio impregnado en su ropa. Inclina la cabeza, estudiando mis pupilas, mis respiraciones.

Con un movimiento violento toma mi rostro, como si quisiera retenerme dentro de su realidad. La silla metálica rechina bajo su cuerpo; el cuarto se estrecha hasta quedar reducido al brillo de los ojos del verdugo y a la respiración entrecortada de su presa.

Lo miro con calma helada.

—¿Sabes? —comienza, con un tono casi nostálgico, casi dulce—. Tu padre también me miraba así. Con esa mezcla de curiosidad y desconfianza… como si no supiera si debía enseñarme o temerme.
Hace una pausa; su mirada se pierde en un punto que solo él ve.
—Yo era apenas un niño —continúa—. Un huérfano con las manos llenas de preguntas y la cabeza repleta de ideas imposibles. Quería entender cómo funcionaba el mundo… y cómo podía rehacerlo. —Su voz se suaviza, pero en esa calma hay algo torcido—. Él decía que veía en mí un talento puro, algo que no se podía enseñar. Un don que nacía del hambre. Me llamaba su mejor experimento consciente. —suelta mi rostro y se aleja de golpe—. Y entonces naciste tú: la niña que diseccionaba ranas antes de los siete. La que miraba la muerte con la curiosidad de un cirujano.

Intento forzar la mordaza. Thomas me suelta, casi a regañadientes, como si cada concesión fuera un cálculo.

—¿Celos, Thomas? —menciono con calma.

Él responde con una risa seca, hueca. Se planta detrás y su aliento me roza el oído —caliente y repulsivo— mientras su discurso interno se deshilacha.

—Al principio sí. Te odiaba —murmura—. Pensé que tu padre me había reemplazado. Que su legado se había ido con una niña. Pero luego lo entendí. No era favoritismo. Era biología. Tú tenías algo que yo no: esa insensibilidad perfecta hacia la vida. Esa capacidad para ver el cuerpo como mapa, no como templo.

—Y nunca lo lograste —le escupo—. Pero sí destruiste a los que tenían talento. Volkov, Alessandro… profesionales. ¿Cómo lo hiciste, Thomas? ¿Con terapias, con tortura psicológica?

La pregunta cuelga en el aire por un instante.

—La mente humana es manipulable —dice con calma venenosa—. Ya lo viste en mis aprendices.

—Yo los llamaría tus monstruos —replico—. Copias defectuosas de algo que nunca comprendiste. El talento no se enseña; tú no lo tuviste. Fuiste un imitador vacío.

La reacción de Thomas no es furiosa ahora: es feroz en otro sentido. Sus ojos brillan con la luz de quien se convence de una nueva identidad. Se aparta un paso, respira como quien recita un credo, y su voz baja, firme, cargada de delirio.

—Te equivocas. Cuando tú desaparezcas, yo renaceré como un dios.

En esa frase late la pérdida total de frontera entre el ego y la fantasía. Lo miro con fría indulgencia, midiendo cuánto más puede estirar ese delirio.

—Morirás en el olvido —susurro—. Sin mí no eres nada. Nunca lo fuiste. Solo el experimento fallido de mi padre.

Las palabras finales caen como trozos de hielo. Thomas queda un instante suspendido, como si estuviera contemplando la posibilidad de su propia disolución. Luego algo en él se quiebra más allá de la furia: la ambición, la envidia, el hambre de ser reconocido se convierten en un hambre sin forma. Respira hondo, la boca le tiembla, y por primera vez desde que empezó, su locura deja ver la verdadera fiereza: no la del golpe, sino la de quien se siente capaz de rehacer el mundo a su imagen.