Danella

La oscuridad del sótano solo cede ante un punto de luz: un foco colgado que recorta la camilla improvisada como un escenario. Todo lo demás se hunde en sombra. Anselmo Capuano está tendido, inmóvil; con las manos atadas, la boca cerrada por costuras que apenas impiden un gemido ahogado. Sus ojos buscan el techo con una certeza absurda de que alguien, en algún momento, aparecerá a rescatarlo.

Aparto un mechón de pelo de mi rostro y le muestro el alicate. No es un gesto de amenaza: es una invitación a comprender lo que va a suceder.

—Considérate afortunado, nunca elijo a seres tan insignificantes como tú. Sin embargo, la justicia no llega hasta donde te escondes, has hecho lo que has querido, porque sabes que no hay castigo. Pedir disculpas no borra el daño que hiciste, culpar al alcohol tampoco lo hace. La pobre vieja sufre en silencio por la felicidad de su hija y tu… estas apunto de recibir una dosis de su dolor. ¡Si! Tienes razón, esto es apenas el inicio de mi juego.

Su respiración se acelera y sus dedos buscan, inútiles, un gesto que lo salve. Lo observo con la calma, me inclino, lo miro de frente, y lo obligo a escuchar. Cada bofetada, cada empujón, cada excusa que utilizó para justificar la violencia. Las palabras le caen como recados fríos: números, fechas, la suma de pequeñas crueldades que lo convierten ahora en candidato a mi justicia.

Sus manos, pálidas y temblorosas, se retuercen contra las ataduras de nylon, que se hunden en su carne con cada movimiento fútil. Su respiración es un jadeo rápido y superficial, el ritmo de un animal acorralado que intenta contar sus propios latidos, esos mismos que pronto se acelerarán con el pánico.

Acerco el alicate, frío y pesado, hasta su dedo índice. Sus dedos se agitan en una danza desesperada. Sujeto su muñeca con mi mano libre, aplastándola contra la madera manchada de viejas resinas y óxido. La presión es firme. Sin titubeos, con un movimiento experto, las mordazas se cierran. Un crujido seco y limpio quiebra el hueso. Sostengo la falange amputada un instante, observando cómo la sangre brota a borbotones del muñón, antes de dejarla caer de manera insignificante al suelo. Sus gritos son música para mí.

Sus lágrimas, ya incontenibles, surcan sus mejillas sucias y se mezclan con el moco que le mana de la nariz.

—¿Cuántas veces la golpeaste? ¿Una? ¿Dos? —mi voz es un susurro sereno, casi paternal—. ¡No! Fueron treinta. Treinta golpes que le diste a esa mujer mayor, la única que te tendió una mano en la vida, mientras tu miserable familia te escupía desde lejos.

Vuelvo al trabajo. Uno a uno, sin prisa pero sin pausa, los dedos van sucumbiendo. Cada crujido es una nota en una sinfonía íntima que me revitaliza, que inunda mis venas con una calma glacial. Sus gritos, primero estridentes, se ahogan ahora en sollozos, en un ritmo armonioso con la sangre que mana de sus manos y forma un charco oscuro y pegajoso a mis pies.

Miro su rostro, la esperanza se desvanece de sus ojos, dejando atrás un vacío creciente. Su mirada se quiebra; ahora asoma la súplica, torpe, húmeda, primitiva. Sabe, en lo más profundo de su ser, que nada ni nadie va a intervenir en su muerte.

—No te creas valioso por estar en mis manos. Repudio perder mi tiempo en ti —le digo, mostrando el alicate cubierto de sangre y fragmentos de piel—. Es aburrido empezar a desmembrarte poco a poco. Un miserable como tú merecería un corte directo en la yugular. Sin embargo, me tomo muy en serio mi arte. En este momento, eres mi lienzo. Y serás lo que yo decida que seas al final.

Su cuerpo se arquea en una convulsión involuntaria cuando me desplazo hacia sus pies. Las lágrimas inundan sus ojos, cegándolo. Coloco el alicate uno de sus dedos. La presión es calculada, el ángulo preciso. El primer tirón seco encuentra la resistencia del hueso. Un grito desgarrador explota en el espacio cerrado. El muy maldito, en un espasmo de agonía, ha logrado romper las costuras que mantenían cerrados sus labios, desgarrando la carne alrededor de la boca.

Una mueca fría se dibuja en mis labios. Y continúo. El silencio, ahora solo roto por el goteo constante de la sangre, es absoluto. Me acerco sin prisa, ya no se mueve. Le toco el pulso: nada. Definitivamente ha muerto.

—La diversión ha terminado.

En ese instante, la puerta se abre. Henri entra. Si hubiera llegado a tiempo, aún podría haber sido testigo del final. Sin embargo, en su cara se dibuja el espanto de quien tropieza con una escena que no esperaba: los ojos vidriosos y abiertos del cadáver, la boca entreabierta en un último rictus de dolor, la incredulidad hecha gesto.

—Cuando me dijiste que viniera —balbucea—, no pensé que sería para ver… esto. ¡Dijiste que ya lo habías dejado!

—Lo dejé. Pero inmundicias como Anselmo merecen ser castigadas.

Mira el cadáver y, de pronto, su mirada encuentra algo que le revuelve el estómago. Da un paso atrás, el color se le escapa de la cara.

—No puede ser… —dice, y su voz se quiebra—. Es Anselmo Capuano. ¡El yerno de la bibliotecaria! Dios… esto no está bien.

—No lo está —le digo despacio, como si fuera necesario explicarle lo evidente—, pero era necesario.

Él me mira con una mezcla de horror y súplica. —¿Qué se supone que haga con él?

—Lo que quieras. Solo evita dejar tus huellas.

Henri se desespera. —¡Si quieres vivir aquí y pasar desapercibida, debes dejar de matar a las personas!

—Nadie lo echará de menos. Un hombre con sus antecedentes podría desaparecer en cualquier momento sin ser buscado. Lo investigué antes.

—¡Basta, Danella! —me grita en un murmullo que rasga la quietud—. Por mucho que ese hombre mereciera castigo… no eres nadie para ejercer justicia por tu mano. Prometí cuidarte, pero no me estás haciendo fácil el trabajo. ¡Dios! ¿Qué te hace creer que puedes decidir quién vive y quién muere? ¿Crees que alguien va a agradecerte lo que haces? Eres una maldita sicópata, una asesina, no eres una heroína. Todos saben quién eres, no vas a cambiar la opinión que tienen de ti. Por mucho que creas que haces el bien, lo único que consigues es enterrar más tu imagen, convencerlos de que eres una sesina.

—Tienes razón. Soy una sicópata. No tengo sentimiento alguno. Fingí tenerlos para complacer a quienes creí que les importaba. Pero puedo distinguir el bien del mal. Este hombre merecía morir.

—Te prohíbo que vuelvas a actuar por tu cuenta. Deja de hacer esto.

—No eres mi padre, Henri. Si tanto te importa tu imagen, me iré esta noche de tu vida.

Henri me toma del brazo con fuerza. —No quiero que te vayas, solo… déjame protegerte.

—No lo necesito. Las sicópatas no necesitan que las protejan.

—No es lo que quise decir. Solo… tengo miedo… de que esto se salga de control y entonces…

—Ya te dije que está controlado. Necesitaban recibir su merecido.

—La próxima vez, déjame a mí hacer el trabajo sucio.

—Dudo que puedas siquiera tomar un cuchillo y clavarlo sin titubear.

—No, no lo haría, tienes razón. Pero… existen maneras de castigar sin asesinar. Si quieres que aprendan de sus errores, debes dejarlos con vida.