Voces
Esa canción otra vez… Siempre que suena sé que algo va a pasar y no me equiv...
arrow_forward Leer“¡Oh, estrella brillante!
Ojalá pudiera yo ser tan constante,
no suspendido en solitaria altura,
sino reposando siempre, para siempre
sobre el suave latido de un corazón amado.”
— John Keats, Bright Star
Traducción/adaptación propia
1
Cuando Isolde, princesa de Aurvenia, de veinte años, se enteró de que su padre había negociado su matrimonio con el rey Alaric de Schattenberg, de veintinueve, no se sorprendió del todo: estaba acostumbrada a que tomaran decisiones por ella. Sin embargo, se enfureció al comprobar hasta dónde podían llegar sus conocidos con tal de satisfacer sus caprichos. La trataban como mercancía, como si pudieran ponerle un precio, y eso la hacía sentir sin valor en aquella sociedad.
Sin embargo, había algo que preocupaba a Isolde más que cualquier otra cosa: su pretendiente. El rey Alaric tenía fama de haberse comprometido tres veces sin llegar al matrimonio porque sus prometidas acabaron muriendo en circunstancias misteriosas; era como si una maldición pesara sobre él. Su madre insistía en que no era más que una superstición, pero resultaba imposible no sentirse abrumada.
Además, semejantes uniones políticas solían pactarse con años de anticipación. Que todo ocurriera tan de repente le parecía sospechoso, aunque quizá se justificaba por la reputación que el rey se había ganado con los años. Aun así, Isolde no dejaba de preguntarse si había algo más detrás de aquella boda precipitada.
—Ni siquiera lo conozco —gruñó Isolde.
—Pero lo harás —dijo su madre. La joven ni siquiera la miró a los ojos—. Yo no amaba a tu padre —continuó—, pero con el tiempo aprendí a hacerlo.
—Más bien te conformaste —replicó Isolde, con los ojos afilados—. Siempre hay opción, madre… pero nos hacen creer que solo existe una y eso nos condena por toda la eternidad —añadió, mientras observaba la lluvia desde el alféizar.
Aquella noche, Isolde intentó escapar de su cruel destino. En silencio, abrió la ventana de su habitación y, con las sábanas de su cama, improvisó una cuerda que ató al barandal. Pero justo cuando comenzaba a descender, el barandal cedió y se precipitó al suelo. Fue hallada inconsciente, y sus padres ordenaron sellar todas las ventanas y cualquier otro acceso al exterior.
Sin otra salida, Isolde fue obligada a emprender el viaje hacia Schattenberg, un trayecto largo y agotador durante el cual, en más de una ocasión, pensó en saltar del carruaje. Quizá moriría, pero el riesgo le parecía preferible a la boda. Cada vez, sin embargo, la razón la frenaba.
Al llegar al Palacio Real, inmenso y elegante, la recibieron con una pompa que no lograba conmoverla. La condujeron a un salón donde la peinaron, la vistieron con un traje pesado y la cubrieron de joyas. Pronto llegó la gran ceremonia, en donde la Corte, los nobles y una multitud de habitantes del reino la esperaban con una ilusión que ella no compartía. Su rostro revelaba tristeza y resentimiento cuando se presentó ante todos.
A lo lejos divisó la figura de Alaric, alto, de piel pálida, con cabello negro como el carbón, rodeado de un aire de misterio. Era el contraste perfecto con ella, quien, por su parte, desbordaba luz. Mientras la música llenaba el salón, caminó hacia él y notó en su rostro un rastro de cansancio, delatado por las sombras que se dibujaban bajo sus ojos.
Cuando el reverendo recitó las palabras rituales, ambos se miraron fijamente y apenas pudieron disimular el disgusto. Pronunciaron los votos, se tomaron de las manos con esfuerzo y, al declararlos marido y mujer, no les quedó más remedio que cumplir con el protocolo y sellar la ceremonia con un beso que duró menos que un suspiro. Finalmente, se soltaron las manos con visible alivio.
Esa misma noche fueron escoltados al Palacio Clairmont, la residencia reservada para los reyes, donde su dama de compañía y el resto de la servidumbre aguardaban.
—Supongo que sientes que estás haciendo un gran esfuerzo —dijo Alaric.
—Intenté escapar —comentó Isolde, desafiante—. Cuando me dijeron que iba a casarme contigo, traté de huir —añadió, con aire pensativo—. De no haber sido por aquel barandal, de haberlo calculado mejor… lo habría logrado.
—Es tu manera de decirme que represento una amenaza para ti —comentó él con una sonrisa irónica, pero con disgusto—. No te preocupes… no pienso quedarme aquí para siempre. Sería un martirio. Me alojaré en el Castillo Dämmerung.
A partir de entonces, no volvieron a verse; cada uno permaneció confinado en su propio espacio y apartado del otro, algo que ambos agradecían. La servidumbre, en cambio, sufría al presenciar un matrimonio tan evidentemente infeliz.
Isolde contaba con un sirviente personal, Corvin, que la seguía a cinco pasos de distancia. Era lo habitual en aquella época, aunque para ella resultaba algo ajeno. Él rara vez hablaba salvo para transmitir recados o informar de lo necesario. A veces ella intentaba despistarlo corriendo, pero Corvin siempre la alcanzaba.
—No necesito una niñera —dijo ella, irritada—. Puedo caminar sola.
—Lo sé, su majestad.
—¡Entonces deja de seguirme!
—No puedo, su majestad. Es el protocolo.
Isolde solo suspiraba y encogía los hombros. Corvin era demasiado neutral y, cuando ella intentaba saber algo de su vida personal, él se abstenía de responder; consideraba que carecía de importancia. A pesar de todo, terminó convirtiéndose en un confidente inesperado, un apoyo silencioso.
2
La madre de Alaric, junto con el resto del consejo, esperaba con ansias nuevas noticias, sobre todo porque deseaban escuchar que muy pronto habría un heredero para el reino. Mandaron llamar, con discreción, a los sirvientes de mayor confianza de cada uno para interrogarlos.
Lo que descubrieron a través de aquellos criados fue motivo de gran alarma: el rey y la reina habían pasado la luna de miel por separado, en diferentes residencias. El rey no había visitado los aposentos de Isolde ni una sola vez, y aquello no tardó en inquietar a la Corte.
Aquello bastó para que su madre decidiera confrontarlo en privado y tuviera una larga discusión con él. Alaric explicó, en su defensa, que no deseaba importunar a la reina. Aurvenia había sido siempre su hogar y, de un momento a otro, se veía forzada a aprender a vivir en otro país, lejos de su gente, de su idioma y de todo aquello que le resultaba familiar; él comprendía que semejante cambio no podía ser fácil y que lo apropiado era darle espacio para asimilar lo ocurrido. Pero su madre intuía que había algo más.
En realidad, Alaric temía no ser capaz de sentir nada por Isolde que no estuviera teñido de rechazo y resentimiento. Temía no poder llegar a sentir afecto, cariño o amor por ella, y que cualquier vínculo que surgiera entre ambos estuviera condenado a convertirse en algo amargo. Un rey —se repetía una y otra vez— no tenía tiempo para sentimentalismos: no vivía para sí mismo porque le pertenecía al pueblo y nada más. En el pasado se había permitido sentir, pero ahora ya no.
—Me esfuerzo por cumplir con este rol… pero es agotador —murmuró.
Tras aquella conversación, la Corte insistió, con cierto grado de severidad, en que Alaric e Isolde adoptaran una actitud más conciliadora. Ante la presión, ambos se vieron obligados a convivir con mayor frecuencia, por fastidioso que les resultara. No se llevaban bien, pero su posición los obligaba a fingir armonía; de lo contrario, el pueblo empezaría a cuestionar la unión.
—Escuché que me extrañabas —dijo Alaric con sarcasmo, acercándose.
—Escuchaste mal —corrigió Isolde sin mirarlo a los ojos.
La rutina se volvió un completo calvario: asistir a eventos públicos, presumir de una felicidad inexistente, compartir bailes, saludar al pueblo, caminar tomados de las manos o del brazo y, sobre todo, sonreír. Cuando el espectáculo terminaba, esperaban a que nadie los viera para apartarse de inmediato como si cada uno fuera la peor pesadilla del otro.
No obstante, un día algo cambió. Isolde recorría una zona apartada del palacio cuando se detuvo, desconcertada: el lugar, que recordaba desolado y triste, ahora rebosaba de flores. Su dama de compañía le explicó que, hacía semanas el rey había ordenado sembrarlas y había prohibido cortar una sola. Desde luego, Isolde no tenía idea de aquello; estaba tan ensimismada en sus propios pensamientos que no había reparado en el cambio.
Ante esta sorpresa, Isolde no pudo evitar sonreír. Recordó que meses atrás se había dedicado a deshacerse de las flores que Alaric le enviaba por simple deber, alegando que se marchitaban demasiado rápido y que era injusto cortarlas solo por el capricho humano de la decoración. Él lo había comprendido y, en lugar de insistir, ideó otra estrategia: un jardín que nadie arrancaría.
Sin duda, un gesto agradable que logró mejorar su relación, aunque perdió cierto encanto cuando, días después, encontraron un cuerpo sin vida cerca de aquella zona.
3
Una tarde, el rey recibió una carta de la Corte que lo sorprendió enormemente: se trataba de un paciente que había escapado del asilo. Isolde desconocía la relación que Alaric tenía con él, pero era evidente que estaba preocupado, aunque se esforzaba por no mostrarlo.
Lo curioso era que el mensajero juraba haber partido el día anterior, pero el sello de cera indicaba una fecha de tres meses atrás. ¿Quién había retenido la carta tanto tiempo?
Alaric fue al asilo en persona para investigar al respecto y, efectivamente, le informaron que la carta había sido enviada meses atrás. Pero no solo eso: incluso habían recibido una respuesta a su nombre, firmada aparentemente por él, cuyo contenido expresaba que todo estaba en orden y que implementarían una mayor seguridad en el Palacio Real. El problema era que Alaric jamás había enviado aquella respuesta; es más, llevaba bastante tiempo sin estar en contacto con ellos.
Por tanto, la situación alarmó a todos, pues el paciente deambulaba libre por el reino, y nadie sabía qué planes podría tener.
Al día siguiente, el rey Alaric solicitó trasladar a Isolde a la Villa Lysandre, una residencia campestre que la familia real utilizaba para descansar y pasar temporadas lejos de la Corte. Pero Isolde no comprendía la razón de aquella repentina decisión, aunque estaba claro que él buscaba protegerla de una amenaza que se cernía sobre ella. Al intentar obtener explicaciones, solo consiguió una acalorada discusión con él.
—Por favor, Isolde. Solo haz lo que te digo —dijo él, algo cansado, sin querer continuar con el tema.
—Pero no puedo ceder a tu petición a ciegas —replicó ella—. Dices que es por mi bien, y no tengo objeción en esa parte… —se acercó desafiante a él— pero de la nada me estás enviando a una zona prácticamente deshabitada, y al menos requiero una explicación.
—¿Explicación? —cuestionó él, frustrado—. ¡Yo soy el rey! —respondió mientras se alzaba de golpe—. Y como mi reina, debes obedecerme —continuó, muy molesto—. Sin cuestionar absolutamente nada. Sin protestar.
Isolde apretó la mandíbula y, apenas escuchó aquello, le dio una cachetada por mero impulso. La habitación se sumió en un silencio incómodo, tanto que hasta los sirvientes presentes habrían pegado un brinco ante aquella espantosa situación. Casi de inmediato, Alaric comprendió que se había excedido, e Isolde, sin voltear a verlo y con un sutil respiro, solo buscó recuperar la calma.
Finalmente, ella aceptó su petición, no porque estuviera inclinada a obedecerle, sino porque solo así pondrían fin al asunto. Y aunque desconocía la verdadera causa que había impulsado a Alaric a llevarla lejos de allí, concluyó que la severidad de sus palabras era tan genuina y su molestia tan evidente que aquello debía ser de carácter importante. Así que empacaron sus pertenencias y, sin más, partió en el carruaje, acompañada de su sirviente personal, su dama de compañía y otros miembros de su séquito.
4
Pasaron varias horas sin que ocurriera nada fuera de lo común; todo parecía marchar en orden. Sin embargo, cuando Alaric recibió otra carta, su rostro palideció al leerla y salió disparado del lugar. El documento revelaba que el cuerpo encontrado días antes —cerca del jardín de flores— llevaba ya meses en ese estado y había sido identificado como uno de los empleados del Palacio Real; más concretamente, el sirviente personal de la reina, Corvin.
Pero aquel descubrimiento era sin duda abrumador, porque si Corvin llevaba meses muerto… ¿entonces quién era el hombre que viajaba con Isolde?
Mientras tanto, en los confines de la Villa Lysandre, Isolde ignoraba lo que había ocurrido durante su ausencia. Poco después de llegar, estaba tan agotada por el viaje que decidió tomar una siesta. Al despertar, le sorprendió el silencio que reinaba en el lugar, aunque lo atribuyó a la quietud habitual de las zonas rurales.
No obstante, al recorrer los pasillos de la casa, un escalofrío le recorrió el cuerpo al presenciar una escena realmente espantosa: todos los sirvientes, incluida su dama de compañía, yacían en los rincones, inmóviles, con las gargantas cercenadas. Sus cuerpos estaban dispersos como muñecos abandonados, con los ojos abiertos, como si aún estuvieran observándola y, al mismo tiempo, advirtiéndole que se marchara.
Empezó a correr, horrorizada y al borde de las lágrimas, cuando fue interceptada por Corvin, quien la llamó desde el otro lado del pasillo.
—¿Corvin? Gracias al cielo… —exclamó Isolde— ¿Has visto lo que ha ocurrido…? Todos están… —continuó, con la voz temblorosa.
—Lo sé, su majestad —dijo su sirviente con cierta calma—. Pero no debe temer. Yo estoy aquí.
Isolde caminó hacia él, pero, a pocos metros de distancia, se detuvo de golpe. La poca seguridad que aún conservaba se desvaneció de pronto. Sus ojos se fijaron en las manos y la ropa de Corvin, cubiertas de un rojo intenso, como si un tintero entero se hubiera derramado sobre él. Solo que, dadas las circunstancias, aquello no podía tratarse de simple tinta.
No había prueba más clara que aquella. Isolde soltó un suspiro nervioso y solo pudo pensar en retroceder. Desde luego, él no pasó por alto su reacción y se acercó cada vez más. Desesperada, tomó un objeto cercano y lo golpeó en la cabeza antes de echar a correr.
Sin embargo, al bajar las gradas, un hilo que Corvin había atado entre ambos extremos se enredó en uno de sus pies. Perdió el equilibrio y rodó escaleras abajo hasta caer al primer piso. Quedó inconsciente, y él logró alcanzarla para arrastrarla por el suelo.
Tras la caída del sol, Isolde recobró la conciencia en una zona fangosa, con raíces emergiendo del agua oscura y un olor a podredumbre, como si algo muerto yaciera bajo el agua. Apenas podía moverse, pues su tobillo estaba roto a causa de la caída anterior. Mientras intentaba orientarse, Corvin emergió de las sombras como un espectro y volvió a dirigirle la palabra con toda tranquilidad, como si nada hubiera ocurrido. Luego, comenzó a desprender la piel de su rostro, que se estiraba como si fuera de goma; en realidad, se trataba de una máscara.
Lo que Isolde vio entonces la dejó paralizada.
—¿Alaric? —preguntó, confundida al contemplar un rostro casi idéntico—. No, tú no eres Alaric —dijo, recobrando la compostura.
—De hecho, lo soy, mi dulce reina —dijo él con una sonrisa, haciendo una pausa dramática—. Soy el verdadero rey Alaric. El hombre con el que te casaste no es más que un impostor.
—Imposible —murmuró ella, aún consternada.
—¿Qué? ¿No te lo dijeron? —preguntó con cierta gracia.
Isolde dejó escapar una lágrima, como si su cuerpo hubiera reconocido el terror mucho antes de que pudiera comprenderlo. Ya no temía tanto al hombre que tenía frente a ella como al secreto que estaba a punto de descubrir.
5
Años atrás, quienes conocían al rey sabían que no estaba bien de la cabeza: era sádico desde joven, lo que intimidaba incluso a la servidumbre. Las jóvenes con las que estuvo comprometido murieron por su propia mano. La Corte, consciente de que el escándalo mancharía la reputación del reino, decidió reemplazarlo, luego de que un miembro del consejo sugiriera tal idea y propusiera a Drosvik Emmerich, hijo de un reverendo que era conocido suyo, cuyo parecido con Alaric era casi idéntico y de solo un año menor.
Al principio nadie se atrevía a hacerlo, dada la naturaleza del plan y la locura que implicaba, pero una vez convocaron al muchacho a una reunión y comprobaron la verdad con sus propios ojos, quedaron asombrados ante la increíble semejanza —bien podría tratarse de su hermano gemelo—. Fue entonces cuando comprendieron que habían encontrado una oportunidad que sería absurdo desperdiciar.
Aunque les tomó tiempo convencer a Drosvik, quien en parte se sentía honrado por ser requerido por su máxima autoridad, también temía que aceptar el acuerdo lo condujera a terribles consecuencias. Sin embargo, para fortuna de la Corte, la familia del muchacho atravesaba una situación precaria, y aquello fue suficiente para que pudieran aprovecharse de sus circunstancias y persuadirlo de asumir el papel de rey.
Así que pusieron manos a la obra: enviaron al verdadero Alaric al manicomio y, para evitar ser descubiertos, alteraron los registros legales con el fin de cambiar su identidad y eliminar todo rastro de su existencia. Aunque eso fue bastante sencillo, el verdadero reto resultó ser Drosvik, de aspecto tímido y desgarbado, quien desconocía por completo cómo funcionaba el mundo de la monarquía. Tenía una idea, como el resto, pero no era suficiente, no si su objetivo era convertirse en alguien digno de ocupar el trono. Hasta entonces, sus días habían transcurrido en el campo, inmerso en la sencillez de la vida rural.
Por lo tanto, fue indispensable someterlo a un entrenamiento para enseñarle todo lo necesario, desde cómo utilizar los cubiertos hasta adquirir una postura digna de alguien perteneciente a la realeza. Apenas disponían de unos pocos meses para lograr hacer de él una copia casi idéntica del original.
Finalmente, la Corte mantuvo el secreto entre todos los involucrados.
Mientras tanto, en el presente, el rey Alaric —ahora convertido en impostor— había llegado a la Villa Lysandre, visiblemente alterado, y no perdió un solo minuto antes de comenzar a buscar a Isolde junto con un grupo de guardias que se dispersó en todas direcciones.
Alaric se adentró en el bosque siguiendo un rastro de sangre y, en el camino, algo brillante lo hizo aminorar el paso. Al fijarse mejor, descubrió en el suelo un pequeño accesorio que sin duda pertenecía a Isolde. Se quedó pensativo mientras tomaba el objeto, hasta que un grito rompió el silencio: era la voz de ella, como un eco salido de un túnel. Entonces, corrió a toda prisa.
Se detuvo frente a un muro de espinas, lo trepó con rapidez y desembocó en un claro que terminaba en un precipicio. Sin pensarlo demasiado, se dejó caer al otro lado con brusquedad, enredado entre las ramas que lo arañaban. El mar rugía abajo, oculto por la bruma; el viento azotaba la vegetación. No muy lejos, restos de una vieja torre de vigilancia, con muros quebrados, bordeaban el barranco y las piedras sueltas crujían bajo sus pies.
El rey avanzó jadeante, con la ropa rasgada y las manos y el rostro cubiertos de rasguños que hacían brotar sangre. Entonces vio al sirviente sujetando a la reina al borde del acantilado con una daga brillante en la mano. Al verlo, Isolde gritó su nombre con cierto alivio, pero el otro Alaric amenazaba con quitarle la vida al menor acercamiento que hiciera.
El aire pareció quedar suspendido por un instante, pero aquello no frenó al rey Alaric. Se lanzó contra su doble con estrépito, mientras este empujaba con fuerza, buscando hacer que ambos cayeran al vacío. Aunque Alaric logró desarmarlo, el otro lo golpeó y trató con todas sus fuerzas de arrojarlo por el borde, pero el rey se resistía.
Fue entonces cuando Isolde, arrastrándose con desesperación, tomó la misma daga que habían dejado caer y la clavó en la espalda del hombre que amenazaba con matarla.
Al quedar liberado, el rey Alaric se apresuró a arrojarlo con toda su fuerza al vacío, pero, al hacerlo, quedó colgando del borde. Isolde se apresuró a tomarlo de los brazos para evitar su caída. Con su ayuda, Alaric logró subir de nuevo a la roca y se apoyó en ella para reponerse. Cuando finalmente quedaron libres de todo peligro, descansaron sobre la roca del precipicio, agotados y en silencio, mientras recobraban el aliento.
Permanecieron allí, contemplando el horizonte más allá de la neblina.
FIN
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