Maximiliano Cesar

Terror

La Espiral

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La Espiral

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El doctor Adrián Smith enseñaba teoría de números en la universidad desde hacía más de veinte años. Sus alumnos lo respetaban, aunque algunos le temían. Era un hombre delgado, de voz baja y movimientos meticulosos; llenaba la pizarra con cifras que parecían obedecer a una música que nadie más era capaz de escuchar.

—Uno, uno, dos, tres, cinco, ocho, trece… —recitaba mientras escribía—. Cada número contiene a los dos anteriores. Nada nace solo. Todo es una secuencia.

Al principio, aquello no fue más que una peculiaridad académica. Sus clases giraban inevitablemente alrededor de la sucesión de Fibonacci. Hablaba de la disposición de las semillas en una flor, de las conchas marinas, de las ramas de los árboles, de los cuerpos humanos y de las galaxias.

Pero con los meses su interés se transformó en una obsesión.

Comenzó a faltar a reuniones, dejó sin corregir exámenes,  encerrándose en su oficina hasta altas horas de la noche trabajando en un proyecto que nadie entendía. A través de la puerta se filtraba la luz amarillenta de una lámpara y el sonido de una tiza arañando la pizarra.

Sus colegas decían que estaba agotado. Que trabajaba demasiado.

Ellos no sabían que, desde hacía algunas semanas, Adrián escuchaba una voz.

La primera vez que la oyó fue de madrugada, mientras trabajaba perdido en sus cálculos  trazando una espiral sobre una hoja cubierta de operaciones. Había calculado la proporción áurea una y otra vez, pero en esta oportunidad,  los números comenzaron a perder su significado habitual. Entonces, desde algún lugar detrás de él, una voz débil pronunció dos palabras.

Liberate me.

Adrián se volvió de golpe.

La oficina estaba vacía.

Pensó que había sido el cansancio. Sin embargo, la voz regresó la noche siguiente. Y la siguiente. Siempre cuando lograba ordenar las cifras de cierta manera, cuando la sucesión dejaba de ser una lista de números y se convertía en una figura.

Liberate me.

 Anotó las palabras en su cuaderno, era algo que sonaba a latín antiguo. Consultó  los diccionarios hasta hallar la traducción.

Liberate me.

Libérame.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Aquel descubrimiento cambió todo. Su proyecto finalmente había dado frutos, en su interior sabía que la secuencia no solo era una sucesión numérica, sino un mapa, una llave a otra dimensión. Esa voz lo confirmaba todo, la voz no le estaba dando una orden, era un grito de ayuda. Algo se encontraba atrapado. Algo se encontraba en esa otra dimensión y necesitaba ser liberado.

Desde entonces, Adrián dejó de investigar la sucesión como un matemático. Comenzó a estudiarla como un hombre que intenta abrir una tumba sellada.

Pegó recortes en las paredes. Dibujó espirales sobre antiguos mapas astronómicos. Comparó los patrones de las conchas con diagramas de puertas, vitrales medievales y símbolos encontrados en libros que nadie había solicitado durante décadas. Llegó a la conclusión de que la sucesión no describía simplemente la naturaleza.

La construía.

Y si la naturaleza obedecía aquella forma, también debía existir una grieta. Un punto exacto en que la espiral no condujera hacia afuera, sino hacia dentro.

Una puerta.

La doctora Valdés, neuróloga de la universidad, lo recibió una tarde luego de que el decano insistiera en que buscara ayuda. Adrián llegó con ojeras profundas y una carpeta llena de diagramas.

—No estoy enfermo —dijo—. Estoy cerca de demostrar algo.

La doctora revisó las hojas. Había espirales trazadas una sobre otra, ecuaciones interrumpidas y, en cada margen, las mismas palabras escritas con una tinta nerviosa.

Liberate me.

—¿Duerme bien?

—No puedo dormir. Cuando cierro los ojos, veo la puerta.

—¿Qué puerta?

Adrián levantó la mirada. Por un instante pareció sinceramente sorprendido de que ella no lo supiera.

—La que está detrás de los números.

La doctora le habló con paciencia sobre agotamiento, estrés y obsesión. Le recomendó reposo, medicamentos y una licencia temporal. Al finalizar la consulta, dejó de lado el tono profesional.

—Doctor Smith, si continúa así, va a perder contacto con la realidad. Puede volverse loco.

Él sonrió con cansancio.

—¿Y si la realidad es lo que está equivocado?

No volvió a clases.

Durante los días siguientes, algunos estudiantes aseguraron haberlo visto entrar a la facultad antes del amanecer. Otros dijeron que salía de madrugada, con las manos manchadas de tiza y la mirada fija en algo que nadie más podía ver.

La última noche, el guardia del turno nocturno lo vio entrar a su oficina poco antes de las diez. El doctor Smith llevaba el mismo cuaderno contra el pecho y una caja bajo el brazo.

—No se quede hasta tan tarde, profesor —le advirtió.

Smith se volvió apenas. Parecía agotado, pero había en sus ojos una calma que el guardia no le había visto en semanas.

—Esta noche sabré si estaba equivocado.

Luego cerró la puerta.

A la mañana siguiente, la señora Elvira llegó al tercer piso con su carro de limpieza. El guardia la encontró antes de que alcanzara la oficina.

—El profesor Smith estuvo trabajando toda la noche —le dijo—. Al principio lo escuchaba caminar, mover cosas, escribir en la pizarra. Pero hace rato que ya no se siente nada. Debe de haberse quedado dormido.

Elvira asintió y continuó por el pasillo.

La puerta estaba cerrada. Golpeó dos veces.

—¿Doctor Smith? Soy Elvira. Vengo a limpiar.

No hubo respuesta.

Golpeó nuevamente, con más fuerza. Nada.

El guardia regresó con una copia de la llave. Al abrir, ambos se quedaron inmóviles en el umbral.

La oficina estaba perfectamente ordenada.

El escritorio se hallaba vacío. Los libreros no contenían un solo libro. La lámpara permanecía apagada. La pizarra, que durante semanas había estado cubierta de números, fórmulas y espirales, estaba limpia, como si nadie la hubiera utilizado en meses.

No había señales del profesor.

Solo se oía el giro lento de un viejo reproductor de casetes, apoyado en el suelo junto a la pared. La cinta emitía una voz áspera y lejana, deformada por el uso, que repetía una y otra vez aquellas palabras.

Liberate me… liberate me… liberate me…

Elvira miró al guardia.

—¿Eso estaba anoche?

El hombre tardó en responder.

—No lo sé. Yo oí algo… pero pensé que era el profesor hablando solo.

La policía revisó las grabaciones de seguridad. La cámara del pasillo mostraba al doctor Smith entrando a su oficina a las diez y tres minutos de la noche anterior. Después, la imagen se interrumpía durante siete minutos por una falla eléctrica. Cuando volvió a funcionar, el pasillo estaba vacío.

Nunca encontraron al profesor.

Ni su cuaderno. Ni los libros que había acumulado durante años. Ni una sola hoja con sus cálculos.

La oficina fue asignada a otro docente al comienzo del semestre siguiente. Nadie volvió a mencionar al doctor Smith, salvo la señora Elvira, que aseguraba haber visto, algunos lunes por la mañana, una sucesión de números escrita en el polvo del escritorio vacío.

Uno, uno, dos, tres, cinco, ocho.

Y después, nada.

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