El Eco Del Cedro.
La voz. La pesada llovizna de Querétaro, en aquel año de 18. . , no hací...
arrow_forward LeerCuento inspirado en un suceso real.
Adriano permanecía adormilado sobre la poltrona, junto al lecho de su hermana enferma. Hacia la medianoche, un quejido lo despertó. El clamor provenía de Marián, quien se encontraba aún en la misma posición, pero ahora sus ojos estaban abiertos y lo miraban fijamente, sin parpadear. Adriano sentía como si aquella mirada fría y penetrante estuviera hurgando en su interior.
—Hola, Marián… me asustaste —dijo él sin recibir respuesta—. ¿Tienes frío? Estás temblando —se apresuró a cubrirla con una cobija más. Mientras la arropaba, escuchó como si alguien hubiera dado un latigazo al otro lado de la pared, justo donde estaba la cabecera de la cama. Se disponía a salir de la habitación para ir a ver lo que sucedía, pero, justo cuando estaba frente a la puerta de la recámara, un grito de horror le heló la sangre y viró para mirar a su hermana.
Ahora estaba sentada en posición de loto y miraba hacia el vacío. Balanceaba su cuerpo hacia atrás y hacia adelante. Adriano estaba confundido y no entendía lo que estaba sucediendo. Intentó acercarse, caminando con vacilación. Estaba consciente de que ella era su hermana, pero era como si no la reconociera. Algo en su interior se lo gritaba y le pedía huir de la habitación, porque esa no era Marián.
Antes de llegar a su lado, una voz amenazante lo cuestionó.
—¿Qué quieres aquí? —Marián preguntó y dirigió sus ojos hacia Adriano. Éste se paralizó. Era la misma mirada de hielo que había taladrado su ser hacía unos instantes.
—¿Estás bien? ¿Necesitas algo, hermana?
—Sólo necesito que te largues de casa. No tienes nada que hacer aquí. Tu visita nos incomoda a mamá y a mí. Vete porque, si no lo haces, lo vas a lamentar toda tu miserable vida —Adriano se sintió confundido.
—Tranquila, hermanita. Tienes que descansar —la ayudó a recostarse y, al tiempo que le decía esto, la arropó. Tenía miedo, pero intentó tranquilizarse pensando en que la falta de alimento o los medicamentos le causaban este tipo de comportamiento.
Se sentó de nuevo en la poltrona y cerró los ojos. Esta vez, con voz dulce, su hermana le dijo.
—Te lo advertí, Adriano. Tú no quisiste irte; mamá lo hará por ti —en ese momento ella se quedó dormida y él ya no pudo conciliar el sueño. Se mantuvo despierto hasta el amanecer, pensando en las palabras de su hermana.
En el desayuno, cuando su madre tomaba los alimentos en silencio, Adriano comentó con perplejidad.
—Creo que los medicamentos le están haciendo daño a Marián. Tal vez sea necesario que la revise otro médico, mamá. Ayer actuó de forma muy extraña y dijo cosas sin sentido —la mujer, con evidente tristeza, le dijo.
—Ya hemos visitado a varios médicos, psicólogos, psiquiatras… nadie da en el clavo. Dicen que está bien, fuera de la insuficiencia renal, no presenta ningún otro problema y mucho menos mental —Adriano la interrumpió.
—Espera, yo no mencioné ninguna afectación mental —su madre continuó.
—Pero anoche seguro lo habrás pensado cuando estuviste en su habitación. Ha tenido comportamientos violentos sin motivo alguno. En ocasiones duerme tan profundamente, a pesar de que la empleada doméstica esté haciendo mucho ruido; otras veces el simple tic-tac del reloj la pone histérica.
—¿No has buscado ningún otro tipo de ayuda? No sé, quizá… —Adriano se detuvo.
—¿Un brujo? Lo intenté, pero cuando la vino a ver a la casa, buscó cualquier excusa para salir de aquí y sólo me dijo que tu hermana ya no tenía remedio —desconsolada, la mujer lloró con amargura y se levantó de la mesa. Adriano continuó.
—No te preocupes, mamá. Vamos a encontrar la manera de ayudarla. ¿Ya has visitado a algún sacerdote? —la mujer negó con la cabeza y él continuó—. Buscaremos uno y encontraremos la manera de que todo esto termine. Agotaremos todas las posibilidades.
Después de tanto insistirle, lograron convencer al sacerdote de ir a visitar a Marián. Entró a la recámara de la enferma y la encontró recostada sobre la cama. La miró con detenimiento y se dio cuenta de que la salud de la joven era muy delicada. Podía notar que ya se encontraba entre la vida y la muerte. Se dirigió a Adriano y su madre.
—¿Me pueden mostrar los estudios médicos que le han hecho? Los psicológicos y psiquiátricos también, si es que los hay —se los entregaron y después de analizarlos por algunos minutos, continuó—. Bueno, según esto, ella sólo tiene un cierto grado de desnutrición, insuficiencia renal; cuestiones meramente médicas. No creo que yo pueda ayudarlos en mucho —lo interrumpió una voz gutural que provenía de Marián.
—Ecce crucem domini… —después de decir esto, la enferma clavó su mirada en la del sacerdote y lanzó una carcajada que le heló la sangre a todos. Al sacerdote lo hizo dar un paso hacia atrás y trastabilló. Cayó al piso con un marcado gesto de miedo en el rostro. Era como si le hubieran inyectado vida al cuerpo escuálido e inerte de Marián—. Nos volvemos a encontrar, “padre”. Tu fe es débil. Nada puedes hacer en contra mía. Vete, no tienes nada que hacer aquí. Hombre tibio y de poca fe. ¿Sí sabes que Dios escupe a los tibios?
El sacerdote sintió que sus piernas temblaban y de inmediato reconoció en la enferma la mirada del mal encarnado. Vino a su mente el nombre con el que, en otra ocasión, esa “cosa” se había presentado: “Anatema”. Recordó que en alguna ocasión ya había sentido esa mirada y, tampoco entonces había podido confrontarla. Sólo atinó a decirles a Adriano y a su madre.
—Lo siento. No puedo hacerme responsable de esto. Es decir, hacer algo al respecto. Practicar lo que ustedes esperan que haga aquí, puede salir contraproducente. Ella podría fallecer en cualquier momento y no quiero verme envuelto en conflictos legales. Lo siento mucho, de verdad. Es evidente que su estado de salud no es nada favorable y no me puedo arriesgar. Busquen a alguien más, por favor —concluyó y se dirigió hacia la salida.
Era medianoche, su madre entró en silencio y la encontró dormida. La mujer no había podido conciliar el sueño, durante el poco tiempo que había intentado dormir, estuvo siendo acosada por pesadillas indescriptibles. Por eso decidió ir a la habitación de Marián para ver cómo se encontraba.
Le acarició la cabeza, movida por su instinto maternal. Se acercó a darle un beso en la frente. ¡Cómo había desmejorado en los últimos meses! Ya no conservaba nada de la hermosura que antaño la caracterizara. Estaba tan delgada y más bien parecía un cadáver. La mujer no entendía cómo su hija podía seguir con vida, si se notaba que apenas la sangre fluía en ella.
Sentía tanto dolor por ver a su hija en ese estado. No pudo evitar llorar ni reprimir sus quejidos. Entonces Marián despertó. Se veía muy débil y su respiración era estentórea. Le dijo a su madre con voz trémula y apagada.
—Mamá, tengo miedo de que “eso” venga hoy. Ya no quiero sufrir. Ya no quiero vivir —su madre la abrazó y lloró durante largo rato junto a ella.
—Tú estarás bien y te recuperarás, hija. Tienes un gran futuro por delante —le dio otro beso en la frente y la abrazó. Notó que el reloj de la pared se había detenido marcando las doce. Un fétido olor a drenaje llenó la recámara y Marián se puso muy fría. De súbito, le dijo a su madre al oído, esta vez con voz áspera.
—Eres una hipócrita, pero eso ya lo sabías. Así como sabes que, por culpa tuya, tu hermano se quitó la vida hace seis años. Porque le dijiste que su mujer lo engañaba y le diste el santo y seña para que pudiera descubrirla. ¿Creías que era tu secreto, tu sucio secreto? No sé cómo puedes dormir con esa culpa sobre tus hombros. Papá también murió por culpa tuya, porque sólo le dabas penas y dolor; por ti se hizo alcohólico. Siempre quisiste quedarte con su fortuna —la mujer se puso de pie lo más aprisa que pudo y se alejó mirándola aterrada. Salió de la habitación y, abatida como se sentía, se sentó en la sala. Lloró desconsolada. En su mente había una frase que se repetía: “Mi vida ya no tiene ningún valor”.
Adriano buscó a su madre en su habitación, después de que escuchara ruidos provenientes de ahí. No la encontró. La halló en la sala, recostada sobre el sofá, con la mirada perdida y la boca entreabierta. Observó los brazos de su madre y vio una cascada carmín emanando de ambas muñecas.
De la habitación de Marián, provino una carcajada siniestra. Se había cumplido la sentencia de “aquello”: su madre se había ido, pero para siempre. El reloj se detuvo marcando las doce.
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