Sinopsis
En Francia, el detective Henri Moreau lleva años persiguiendo a una asesina conocida como La Coleccionista: una mujer que convierte cada crimen en una escena meticulosamente construida y conserva de sus víctimas aquello que considera perfecto.
Todas las pistas conducen a Danella Leroy-Collard. Pero, tras la leyenda, hay una historia de infancia marcada por el miedo, la manipulación y un padre cuyo legado quizá no era el que el mundo creyó conocer.
Mientras Moreau reconstruye una cadena de asesinatos que se extiende por Europa, Danella lucha por descubrir quién está usando su nombre para cometer atrocidades y por demostrar que la verdad sobre su familia fue enterrada hace años. La aparición de un nuevo crimen, imposible de ignorar, abre una duda aterradora: ¿La Coleccionista sigue actuando sola… o alguien ha aprendido a imitarla?
La Coleccionista: Hijos del miedo es un thriller psicológico de secretos familiares, obsesión y justicia, donde nadie es del todo inocente y cada revelación conduce a una pregunta más peligrosa que la anterior
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PRÓLOGO Hay historias que parecen sencillas. Una persona muere. Otra desaparece. Alguien encuentra un cuerpo. La policía reúne pruebas. La prensa construye un culpable. Y, poco a poco, todos terminan convencidos de conocer la verdad. Pero la verdad tiene un extraño defecto. Rara vez llega primero. Con frecuencia aparece cuando ya no queda nadie dispuesto a escucharla. Durante años, el nombre de La Coleccionista fue suficiente para provocar miedo. Se escribieron artículos, se filmaron reportajes y se levantaron teorías capaces de explicar cada uno de sus crímenes. Algunos aseguraban haber entendido su mente. Otros estaban convencidos de conocer sus motivaciones. Quizás tenían razón. O quizás nunca entendieron absolutamente nada. Porque hay historias que sobreviven gracias a los hechos. Y otras... Gracias a todo aquello que jamás pudo demostrarse. Le dejo una sola pregunta antes de comenzar. Si mañana descubriera que todo lo que creyó saber sobre una persona era falso... ¿Tendría el valor de aceptar la verdad? O peor aún... ¿Y si la verdad tampoco existiera? Maximiliano Cesar El Detective Moreau Francia— 2007 Casi eran las tres de la madrugada cuando recibimos una llamada de origen desconocido. Nos informaron sobre un suceso en una vivienda a las afueras de París que había sido escenario de un crimen. Aunque los detalles eran escasos, algo en mi intuición me señalaba que esta vez era especial. Después de seguir tres pistas falsas en los últimos meses, sentí la certeza de que finalmente daría con la persona conocida como “La Coleccionista”. Al llegar a la casa, situada en una zona serena rodeada de árboles y con un aspecto abandonado, observamos unas huellas de neumáticos frescas en el camino de entrada como único indicio extraño. La puerta, cerrada aunque no asegurada, se abrió sin dificultad, revelando un interior impecable y organizado que transmitía una inquietante tranquilidad. —Revisen cada centímetro del lugar. No toquen nada sin guantes. Necesito las huellas de esa mujer. Revisen el baño, la recámara… aunque sea un cabello, será suficiente para llevarla tras las rejas de una vez por todas— ordené, aunque sentía un nudo en mi estómago. Había algo en este lugar que erizaba la piel. Mis oficiales se dispersaron, examinando meticulosamente cada rincón. Vi a Pierre fruncir el ceño mientras exploraba la sala de estar, con movimientos precisos pero llenos de tensión. — ¿Alguna pista por tu lado, Pierre?— pregunté, tratando de mantener la calma. —Nada todavía, detective. Parece que esta casa ha estado vacía por un tiempo, pero hay algo en el aire que no me gusta— respondió Pierre, su voz reflejando la tensión del momento. Una inquietud creciente se apoderó de mí mientras recorría con la mirada el lugar. De repente, escuché la voz de Claire Dubois, la única mujer en nuestro grupo, llamándome desde el pasillo. —Jefe, parece que encontramos algo. Creo que debería verlo Me dirigí rápidamente hacia Claire, quien me condujo hasta una puerta entreabierta de la que emanaba un olor putrefacto, un hedor tan penetrante que casi podía saborearlo. —No logramos estar más de un minuto ahí adentro. El lugar es repugnante. No puedes verlo sin vomitar—, pronunció Claire con cara de desagrado, sus ojos reflejaban una mezcla de asco y horror. Mi corazón latía con fuerza mientras me cubría la nariz y la boca con un pañuelo. La adrenalina me impulsaba a bajar las escaleras hacia el sótano, seguido por tres oficiales que me imitaban. El aire era denso y sofocante, con un olor a muerte que parecía que nos envolvía. Cada paso resonaba en el silencio, y la penumbra del sótano apenas dejaba entrever sombras inquietantes. —Revisen cada rincón, y por Dios, no toquen nada sin guantes— repetí, más para tranquilizarme a mí mismo que a los demás. —No creo que aún siga aquí, jefe— dijo uno de los oficiales, señalando un cadáver atado a una silla. —Este parece que ya tiene varios días muerto. El panorama era desolador y perturbador. Trozos de varios cadáveres yacían bajo sábanas blancas, baldes llenos de sangre y restos humanos esparcidos por el suelo. Mientras analizaba la escalofriante escena, algo no cuadraba en mi persecución. ¿Qué había cambiado en ella? ¿Cómo podía ser tan descuidada o lo había hecho a propósito? El último de sus cadáveres yacía atado a una silla, muerto y sin ojos. Ojos que no fueron hallados por ningún lado de la casa, lo que significaba que aún los conservaba. Era lo que hacía, conservaba los pedazos de sus víctimas. ¿Pero por qué dejar el resto de su colección y los cuerpos? Si bien los cuerpos estaban casi irreconocibles, era posible dar con sus identidades. Mis sentidos estaban abrumados, pero sabía que debía mantener la compostura. — ¿Alguna pista por tu lado, Pierre?— insistí, mi voz era apenas un susurro mientras trataba de procesar la magnitud del horror ante mis ojos. Pierre negó con la cabeza. —Nada, pero este lugar… Algo me dice que hemos estado más cerca de lo que creemos. —Es ella. Esta vez es ella— murmuré, con mi voz cargada de una determinación feroz. —Revisen cada rincón de esta propiedad, busquen cada pista. No podemos dejar que se escape otra vez. Los oficiales y criminalistas estuvieron trabajando en la casa hasta las 10 de la mañana, un esfuerzo exhaustivo y minucioso que reflejaba la seriedad de nuestra misión. Los primeros rayos de sol comenzaban a filtrarse a través de las ventanas polvorientas, arrojando una luz tenue sobre la escena del crimen que habíamos estado desentrañando durante horas. El cansancio se empezaba a notar en los rostros de todos, pero la determinación de capturar a la Coleccionista mantenía nuestra energía y concentración. — Encontramos algunos cabellos en la alfombra del salón, jefe— informó Claire, sosteniendo una pequeña bolsa de evidencias con delicadeza. — Si los analizamos, podríamos estar más cerca de confirmar su presencia aquí. Observé la bolsa con atención, sintiendo una chispa de esperanza. — Buen trabajo, Claire. Estos cabellos podrían ser nuestra clave. Pierre se acercó rápidamente, con un aire de urgencia en su semblante. — Detective, también hallamos algunas huellas en la cocina y el baño. Están siendo analizadas ahora mismo. Parecen frescas, así que con un poco de suerte, podrían llevarnos directamente a Danella. — Perfecto— en mi mente ya estaba calculando los próximos pasos. — Si podemos identificar esas huellas y compararlas con nuestra base de datos, podríamos tener a Danella tras las rejas en poco tiempo. Mientras observaba la escena una vez más, una inquietud persistente se instalaba en mi mente. ¿Era realmente posible que Danella hubiera dejado todo esto sin un propósito? ¿O había algo más en juego? Cada detalle, cada pista nos acercaba más a la verdad, pero también nos empujaba hacia un abismo de horror que apenas comenzábamos a entender. Pasé por la cocina, donde los oficiales habían encontrado las huellas. Era un espacio impoluto, demasiado limpio, como si alguien hubiera intentado borrar cualquier rastro de su presencia. Pero la limpieza no había sido perfecta. En el fregadero, se veía una ligera mancha de algo oscuro y pegajoso. Sangre, probablemente. Me acerqué para inspeccionar más de cerca. — Detective Moreau, hemos embalado todas las muestras de huellas y cabellos. Las llevaremos al laboratorio de inmediato— anunció uno de los técnicos forenses. — Bien. Asegúrense que se dé prioridad a este caso. Necesitamos resultados rápidos—, les dije. Mientras el equipo forense se preparaba para salir, me quedé unos momentos más en la cocina, tratando de absorber cada detalle. De repente, Claire volvió a aparecer, esta vez con una carpeta en la mano. — Jefe, encontré algo más. Un cuaderno con anotaciones. Parece que es de Danella. Habla sobre sus planes. Mi corazón se aceleró. Esto era más de lo que habíamos tenido en meses. — Déjame verlo —dije, tomando la carpeta y hojeando las páginas con rapidez. Las palabras de Danella eran frías y calculadas, como bisturís que cortaban sin titubeo. Entre las líneas se percibía no solo un método, sino una devoción casi ritual. No hablaba de matar por impulso, sino de completar una obra. — En los últimos meses hemos notado que sus asesinatos han aumentado y que las partes faltantes en sus víctimas han sido inusuales y repetidas. Si bien era su estilo, había algo que no me convencía del todo… hasta ahora —reflexioné en voz alta, mientras pasaba las páginas llenas de anotaciones clínicas, dibujos anatómicos y frases escritas en un francés impecable, casi elegante. Claire me miraba con gesto de desconcierto. — ¿Entonces lo planeó todo? ¿Cada detalle? — Exactamente —respondí, con voz grave. Cerré la carpeta con firmeza, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en mi pecho— Todo esto fue preparado para que lo encontráramos. Ella quiere que sepamos que ha vuelto. El silencio que siguió fue pesado, sofocante. Pierre se acercó, pálido, como si también comprendiera la magnitud del hallazgo. — Sigamos trabajando. No dejemos que nada se nos escape. Estamos más cerca que nunca —ordené, con un hilo de determinación que ocultaba mi propio temor. Mientras el sol ascendía en el cielo de París, bañando con una luz mortecina las ventanas polvorientas de aquella casa, supe que estábamos al borde de un descubrimiento crucial. Cada detalle que recopilábamos era una pieza más del rompecabezas. Y aunque el panorama completo aún permanecía oculto en la penumbra, la figura de Danella Leroy-Collard, la Coleccionista, emergía con una claridad perturbadora.


