Capítulo 1

Aquí estoy, rodeada de sangre por todas partes... La sangre de mi familia... La sangre de mi amado.

Los he matado con estas mismas manos.

¿De verdad los maté yo?

No, no pude haber sido yo.

Cuatro meses antes

Mientras algunos viven los momentos más felices de sus vidas, otros atraviesan instantes dolorosos, desgarradores... o incluso los últimos de su existencia.

Era el día de Navidad; todas las familias celebraban y el clima era helado pero hermoso.

En medio de todo aquello, Maria se encontraba en la sala de espera de un quirófano.

No era ella quien se sometía a la cirugía, sino Sam, su amado.

De pronto, el teléfono de Maria sonó.

—Ahora no... —murmuró, pasándose las manos por el cabello.

—Tiene que traernos el dinero —dijo la voz al otro lado de la línea.

—¡Ya le dije que se lo traeré! Ni siquiera ha pasado un mes desde que pedí el préstamo para la operación de mi novio.

El hombre al teléfono guardó silencio un segundo y luego soltó una carcajada histérica.

—Señora, esto no es un banco. Además, ¿qué clase de cirugía cuesta un millón de dólares?

—¿Un millón de dólares? —preguntó Maria, alarmada.

—Debería leer los contratos antes de firmarlos, señora.

La llamada se cortó. Maria se dejó caer al suelo, llorando sin saber qué hacer.

En ese instante, el médico salió del quirófano.

—¿Qué pasó? ¿Él está bien? —preguntó Maria entre lágrimas.

—Está bien —respondió el doctor.

Maria suspiró aliviada, pero el médico continuó:

—Por el momento...

 

 

—No te preocupes, estaré a tu lado. El médico ha dicho que estás bien.

 

María apretó la mano de Sami entre las suyas. Intentaba sonreír, aunque llevaba horas con el corazón encogido y apenas había conseguido probar bocado. No quería que él notara lo asustada que estaba. Bastante tenía con preocuparse por su operación.

 

Sami le devolvió la sonrisa.

 

—¿Ves? Te dije que no era para tanto.

 

—Claro. Porque pasarme horas esperando fuera de un quirófano es mi pasatiempo favorito.

 

Él soltó una pequeña carcajada. María también sonrió. Por unos segundos, casi consiguió olvidar todo lo demás: las facturas, las llamadas, las amenazas veladas del hombre al que le había pedido dinero y aquella sensación constante de que, por mucho que se esforzara, siempre acabaría debiéndole algo a alguien.

 

Se inclinó para abrazarlo. Sami la rodeó con los brazos y apoyó la barbilla sobre su cabeza.

 

—Cuando salga de aquí, todo será diferente —murmuró él.

 

María cerró los ojos.

 

Quería creerle. De verdad que quería.

 

Pero ya había escuchado aquella promesa demasiadas veces.

 

La puerta de la habitación se abrió sin que nadie llamara. La madre de Sami entró con el bolso colgado del hombro y una expresión que cambió en cuanto vio a María junto a la cama.

 

—¿Otra vez pegada a él? Apártate un poco, mujer. Desde que te conoció, no hemos tenido ni un día de tranquilidad.

 

María soltó lentamente la mano de Sami.

 

—Mamá, déjala en paz —intervino él, intentando quitarle importancia al asunto—. Ya sabes que tengo problemas de corazón desde que nací. Aunque, bueno, parece que empeoraron cuando conocí a María.

 

Su madre se echó a reír.

 

—¡Qué gracioso eres!

 

María bajó la mirada. Ellos siguieron bromeando como si nada hubiera pasado, como si aquella conversación no acabara de recordarle algo que llevaba meses intentando olvidar.

 

Sami podía ser cariñoso. Podía hacerla reír, abrazarla cuando tenía frío y recordar detalles que nadie más parecía notar. A veces, incluso conseguía que María se sintiera la persona más importante del mundo.

 

Y después estaban los otros momentos.

 

Los que nunca mencionaba delante de nadie.

 

Los que le habían enseñado a distinguir el sonido de sus pasos cuando volvía de mal humor, a medir cada palabra antes de pronunciarla y a reconocer cuándo una sonrisa podía convertirse, en cuestión de segundos, en una amenaza.

 

María había amado a Sami. No había fingido ese amor, ni había sido una ingenua que jamás hubiera visto nada bueno en él. Precisamente por eso le había costado tanto aceptar que ya no podía seguir a su lado.

 

Lo había intentado una vez.

 

Solo una.

 

Y recordaba perfectamente cómo había terminado.

 

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—Sami, tenemos que hablar.

 

Él estaba sentado en el borde de la cama, mirando el móvil. Ni siquiera levantó la cabeza.

 

—¿Qué pasa ahora?

 

María llevaba toda la tarde repitiendo aquellas palabras en su mente. Había ensayado la conversación mientras preparaba la cena, mientras recogía la habitación y mientras esperaba a que él regresara. Había imaginado que lloraría, que él se enfadaría o que, por una vez, escucharía lo que tenía que decir.

 

No había imaginado que le costaría tanto pronunciar una frase tan sencilla.

 

—No podemos seguir juntos.

 

Sami dejó el móvil sobre la cama.

 

—¿Qué?

 

—No puedo más. No soporto vivir así. No soporto tener que discutir con tu madre por cualquier cosa, ni sentir que tengo que pedir permiso para respirar en esta casa. Y tú...

 

—¿Yo qué?

 

María tragó saliva.

 

—Tú también eres parte del problema.

 

Durante unos segundos, Sami permaneció inmóvil. Después se levantó.

 

—¿Es porque estoy enfermo?

 

—No he dicho eso.

 

—¿Has conocido a otro?

 

—¡No! ¿Por qué tienes que convertirlo todo en algo que he hecho yo?

 

—Porque no tienes ninguna razón para dejarme.

 

María lo miró, incrédula.

 

—¿Que no tengo ninguna razón? Sami, llevo meses intentando explicarte que soy infeliz.

 

—No mientas. ¿Es porque tengo el corazón enfermo? ¿Porque no sabes si voy a salir bien de la operación?

 

—No hagas esto, por favor.

 

Él le agarró las manos con tanta fuerza que María intentó soltarse.

 

—¡Mírame cuando te hablo!

 

—Me estás haciendo daño.

 

Sami la empujó. María cayó al suelo y se quedó mirándolo, incapaz de comprender cómo habían llegado otra vez a aquel punto. Él seguía hablando, cada vez más alterado, pero ella apenas distinguía las palabras.

 

Entonces llegó el silencio.

 

Sami la observó durante unos segundos. Su expresión cambió. Se agachó a su lado y le apartó un mechón de la cara con una delicadeza que, en cualquier otra circunstancia, habría parecido un gesto de cariño.

 

—María...

 

Ella retrocedió instintivamente.

 

Él se quedó quieto al darse cuenta.

 

—Sabes que te quiero, ¿verdad?

 

María no respondió.

 

—Todo esto es por la enfermedad. Estoy nervioso. No sé qué me pasa últimamente.

 

Le acarició el cabello.

 

—No me dejes ahora. No puedes hacerme esto cuando más te necesito.

 

María sintió que algo se le hundía en el pecho. Una parte de ella quería levantarse, salir de aquella habitación y no volver jamás. Otra recordaba al chico que había conocido, las promesas que se habían hecho y las veces que él le había jurado que cambiaría.

 

Al final, no se marchó.

 

No porque hubiera dejado de querer irse, sino porque, por primera vez, tuvo miedo de lo que podría ocurrir si lo hacía.

 

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Desde aquella noche, María empezó a contar los días.

 

No contaba los que faltaban para Navidad ni los que quedaban para su cumpleaños. Contaba los que faltaban para la operación de Sami.

 

Había conseguido convencerse de que solo tenía que aguantar un poco más. Después podría marcharse, buscar un trabajo, alquilar una habitación y empezar de nuevo. No sabía cómo pagaría todo aquello ni adónde iría exactamente, pero necesitaba creer que existía una salida.

 

Lo que todavía no comprendía era que, dentro de aquella familia, marcharse nunca había sido una decisión tan sencilla.

 

Sami vivía con su madre y sus dos hermanas, Lila y Aseel. Su padre, Bernard, aparecía de vez en cuando, aunque su presencia bastaba para cambiar el ambiente de toda la casa.

 

En el barrio, pocos se atrevían a pronunciar su nombre con demasiada confianza. Lo conocían por sus negocios turbios y por sus contactos en el mundo del narcotráfico. El Famoso Traficante de Drogas, lo llamaban algunos, un apodo tan absurdo como inquietante. Nadie parecía saber con certeza cuál era su verdadero nombre ni hasta dónde llegaba su influencia.

 

Bernard era el único que mantenía un trabajo, si es que podía llamarse así a lo que hacía. El resto de la familia dependía de él para el dinero y, de una manera u otra, todos estaban atrapados en sus propios problemas de adicción.

 

En aquella casa, los gritos eran habituales. Las disculpas llegaban tarde y rara vez significaban algo. Los secretos se guardaban como si fueran una cuestión de supervivencia, y la verdad dependía de quién tuviera más poder en cada momento.

 

María había aprendido a no hacer preguntas.

 

Pero aquella noche cometió el error de hacer una.

 

Sami llegó pasada la medianoche. Caminaba con dificultad y desprendía un fuerte olor a alcohol. Dejó las llaves sobre la mesa y pasó junto a ella sin saludarla.

 

—¿Dónde estabas?

 

Él siguió caminando.

 

—Sami, te he preguntado dónde estabas.

 

Se volvió lentamente.

 

—¿Ahora tengo que darte explicaciones?

 

—Llevo horas esperándote. No sabía si te había pasado algo.

 

—Pues ya ves que estoy perfectamente.

 

—Estás borracho.

 

La bofetada llegó antes de que María pudiera apartarse.

 

Durante un instante, se quedó paralizada. Después intentó alejarse, pero Sami la alcanzó y empezó a golpearla. María gritó pidiendo ayuda, aunque no sabía si lo hacía porque esperaba que alguien la salvara o porque necesitaba que alguien supiera lo que estaba ocurriendo.

 

La puerta del dormitorio se abrió.

 

Su madre y sus hermanas aparecieron en el pasillo.

 

Por un segundo, María creyó que iban a detenerlo.

 

No lo hicieron.

 

Su madre le tapó la boca mientras Lila la sujetaba por los brazos. Aseel miraba desde la puerta, pálida, sin atreverse a intervenir. María intentó liberarse, pero el ruido de la habitación se volvió confuso y, poco después, todo desapareció.

 

Cuando abrió los ojos, estaba tumbada en la cama.

 

Le dolía el cuerpo y tenía la garganta seca. Durante unos segundos no reconoció la habitación. Luego recordó lo sucedido y trató de incorporarse.

 

La madre de Sami estaba sentada a su lado.

 

—Despacio, hija. No te levantes tan rápido.

 

María la miró sin responder.

 

—Sami estaba borracho. Ya sabes cómo se pone cuando bebe. No hace falta llamar a la policía y montar un escándalo. Bastantes problemas tenemos ya con su salud.

 

—Pero me ha pegado...

 

—No digas eso. Es tu pareja. Estas cosas pasan en las familias.

 

María apartó la mano cuando la mujer intentó acariciarle el brazo.

 

La madre de Sami suspiró, molesta por su reacción.

 

—Deberías pensar en lo que está pasando él. Tiene una operación importante por delante. No es momento de darle más preocupaciones.

 

Aquellas palabras le dolieron más de lo que María habría querido admitir. No porque creyera que la mujer tenía razón, sino porque empezaba a comprender que, en aquella casa, nadie iba a preguntarle cómo se encontraba.

 

Unos minutos después, la madre salió al pasillo y llamó a su hijo.

 

—¡Sami! Ven aquí.

 

Él apareció en la puerta, con el pelo revuelto y la mirada cansada.

 

—¿Qué pasa?

 

—Vas a pedirle perdón.

 

Sami miró a María. Durante un instante, ella esperó que se acercara para reconocer lo que había hecho.

 

—Estaba borracho —dijo él—. No sabía lo que hacía.

 

Se sentó a su lado y trató de abrazarla.

 

—Sabes que no estaba en mis cabales, ¿verdad?

 

María permaneció inmóvil.

 

—Venga, no te pongas así. Sabes que te quiero.

 

Entonces, su madre intervino:

 

—¿Ves? Ya está. No hay que darle más vueltas.

 

María sonrió.

 

Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, que había aprendido a utilizar cuando no podía permitirse llorar. Una sonrisa que no significaba perdón ni tranquilidad. Solo quería decir que había entendido que, por el momento, nadie iba a escucharla.

 

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No era la primera vez que pensaba en acudir a la policía.

 

Lo había intentado en otras ocasiones. Una vez, incluso había llegado hasta la puerta de una comisaría, con el móvil en la mano y un mensaje de Sami que no se había atrevido a abrir. Se había quedado allí varios minutos, observando cómo entraban y salían otras personas.

 

Al final, se marchó.

 

No porque creyera que lo que le ocurría fuera normal, sino porque tenía miedo de lo que sucedería cuando Sami descubriera que había hablado.

 

Además, Bernard tenía contactos. María no sabía exactamente con quién hablaba ni qué clase de favores podía pedir, pero había escuchado suficientes conversaciones para comprender que aquella familia tenía relaciones que ella no podía permitirse ignorar.

 

No podía asegurar que la policía no fuera a ayudarla. Lo que sí sabía era que no confiaba en que una denuncia bastara para mantenerla a salvo.

 

Y esa diferencia lo cambiaba todo.

 

María era de origen iraquí y conocía demasiado bien el peso que podían tener las opiniones de una familia, los rumores de un barrio y el miedo a quedarse sola. Había personas dispuestas a ayudar, estaba segura de ello, pero también sabía que pedir ayuda podía tener consecuencias que no estaba preparada para afrontar.

 

No era solo el miedo a Sami.

 

Era el dinero que le debía. Era la operación que se acercaba. Era la posibilidad de quedarse sin un lugar donde dormir. Era no saber si, después de marcharse, él la buscaría.

 

Y, sobre todo, era el pensamiento que regresaba cada vez que intentaba convencerse de que podía empezar de nuevo.

 

¿Y si tiene razón? ¿Y si de verdad no puedo dejarlo ahora?

 

María odiaba hacerse aquellas preguntas. Odiaba que una parte de ella siguiera preocupándose por él, incluso después de todo lo ocurrido. Pero el amor no desaparecía de un día para otro, y el miedo tampoco.

 

Por eso había tomado una decisión: se quedaría hasta que terminara la operación.

 

Después se iría.

 

No sabía adónde. No sabía cómo. Ni siquiera estaba segura de poder cumplirlo.

 

Pero necesitaba una fecha, un límite, algo que le permitiera levantarse cada mañana sin sentir que el resto de su vida iba a ser exactamente igual.

 

Lo que María todavía no sabía era que la operación no iba a liberarla de aquella familia.

 

Al contrario.

 

Estaba a punto de descubrir que la deuda que había contraído para salvar a Sami era mucho más peligrosa de lo que imaginaba.

 

Y que, a veces, la peor parte de una pesadilla no comienza cuando intentas escapar, sino cuando descubres que alguien ya ha decidido que no vas a hacerlo.

 

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