El puerto de Barcelona aún olía a humo.

Habían pasado pocas semanas desde los bombardeos y, aunque los incendios habían sido apagados, la ciudad seguía cubierta por una fina capa de polvo que parecía haberse instalado para siempre sobre los tejados, las calles y los muelles. Algunos almacenes permanecían abiertos, mostrando sus entrañas ennegrecidas; otros habían desaparecido por completo, dejando solares cubiertos de ladrillos, vigas retorcidas y restos de mercancías que nadie se había molestado en recoger.

En el puerto se trabajaba igual.

Había que hacerlo.

Los barcos entraban, los pescadores remendaban sus redes y los comerciantes discutían precios como si la normalidad pudiera recuperarse simplemente repitiendo los mismos gestos de antes. Pero bastaba mirar hacia la ciudad para recordar que algo había cambiado.

También había cambiado el mar.

Esteban Roca fue uno de los primeros en notarlo.

Tenía cuarenta y tres años y llevaba más de treinta entrando y saliendo del puerto. Primero acompañando a su padre, luego trabajando para otros y finalmente al mando de su propia embarcación, La Montserrat. Conocía aquellas aguas mejor que muchas de las calles de Barcelona. Sabía dónde las corrientes podían arrastrar una red, dónde se escondían los bancos de peces y dónde era mejor no acercarse cuando soplaba el viento del este.

Pero desde los bombardeos había algo distinto.

No sabía explicarlo.

Los peces habían comenzado a alejarse de ciertos sectores. Algunas mañanas aparecían flotando decenas de ellos, intactos, sin heridas ni señales de enfermedad. Las gaviotas descendían sobre los cadáveres, pero rara vez los tocaban.

Después comenzaron las desapariciones.

Primero fue una pequeña embarcación con dos hermanos que pescaban sardinas. Luego otra con tres hombres. Finalmente desapareció el Santa Marta, con seis tripulantes.

Las autoridades dijeron que podían haber encontrado alguna mina sin detonar. Otros hablaban de submarinos. En tiempos como aquellos cualquier explicación relacionada con la guerra parecía suficiente.

Esteban quería creerlo.

La madrugada del 17 de octubre salió con cuatro hombres. El cielo estaba despejado, pero una niebla baja se extendía sobre el agua más allá de la entrada del puerto. Antes de embarcar, uno de los pescadores se quedó mirando hacia los pilotes.

—¿No te parece extraño?

Esteban siguió su mirada.

—¿Qué cosa?

—No hay gaviotas.

Era cierto. Normalmente comenzaban a reunirse antes incluso de que las embarcaciones zarparan. Aquella mañana no había ninguna.

—Mejor —respondió Esteban—. Así no nos roban la pesca.

Los hombres rieron, aunque ninguno pareció encontrar demasiado gracioso el comentario. Navegaron durante varias horas hasta llegar a una zona que los pescadores llamaban Las Agujas del Diablo. No figuraba con aquel nombre en ninguna carta náutica. Eran simplemente unas formaciones rocosas que emergían desde el fondo y que habían desgarrado más de una red. El padre de Esteban siempre le había recomendado mantenerse alejado de ellas, aunque nunca le explicó porque

A media mañana encontraron la primera señal. Algo flotaba entre la niebla. Esteban redujo la marcha y uno de los hombres utilizó un bichero para acercarlo. Era una red vieja, desgarrada y cubierta por una sustancia gelatinosa.

—Es del Santa Marta —dijo Joaquín.

Esteban reconoció inmediatamente las pequeñas piezas de tela roja que su propietario utilizaba para marcar sus redes. Nadie habló durante unos segundos. Joaquín levantó una parte para examinarla y descubrió que varios de los cabos estaban cortados. No parecían haber sido seccionados por una hélice. Tampoco estaban simplemente rotos. Algo los había arrancado.

—Una mina —dijo otro.

—Las minas explotan —respondió Joaquín.

Esteban se inclinó sobre la borda. El agua era tan tranquila que podía distinguir su propio reflejo. Entonces vio algo.

Muy abajo, una sombra pasó lentamente bajo La Montserrat. No pudo calcular su tamaño porque no alcanzó a distinguir dónde comenzaba ni dónde terminaba. Durante unos segundos creyó que podía tratarse de un banco de peces, pero la forma se movía de manera distinta. Parecía avanzar ondulándose.

—¿Qué miras? —preguntó Joaquín.

Esteban levantó la cabeza.

—Nada.

Volvió a mirar. Ya no había nada.

Debian haber regresado entonces. 

Durante años Esteban se preguntaría por qué no lo hicieron. 

Quizás porque todos habían visto demasiada muerte durante aquellos meses y el miedo había dejado de ser suficiente para hacerlos retroceder. Quizás porque ninguno quería admitir ante los demás que aquella red les había provocado una sensación que no podían explicar. O quizás porque aquello que estaba bajo ellos ya había decidido que no regresarían.

Al caer la tarde las redes comenzaron a llenarse. Pulpos. Decenas de ellos. Nunca habían visto una pesca semejante.

Los animales subían enredados unos con otros, retorciéndose sobre la cubierta. Algunos eran pequeños, pero otros tenían tentáculos gruesos que se adherían a las tablas con tanta fuerza que era necesario arrancarlos uno por uno.

Joaquín levantó uno.

—Esta noche comemos como reyes.

Esteban no respondió. Había algo que le desagradaba en aquellos animales. No era su tamaño. Eran los ojos.

Sabía que era absurdo. Había pescado pulpos toda su vida. Los había limpiado, cocinado y vendido cientos de veces. Pero aquellos parecían observarlo. Uno de ellos permaneció inmóvil sobre la cubierta mientras los demás intentaban escapar. Esteban dio un paso hacia él, el animal no se movió, simplemente lo miró. Entonces uno de sus tentáculos comenzó a extenderse lentamente hacia su bota. Esteban lo golpeó con el cuchillo.

—¿Qué haces? —preguntó Joaquín.

—Nada.

El pulpo volvió a moverse como cualquier otro.

Esa noche decidieron permanecer en la zona. Habían llenado buena parte de las bodegas y esperaban repetir la pesca al amanecer.

Esteban parecía intranquilo, a pesar de lo exitoso que había resultado la pesca, había algo que le quitaba el sueño.

Poco después de medianoche escuchó el primer golpe. Un golpe seco debajo de su litera. Luego sintió un segundo golpe, esta vez más adelante, poniéndolo en alerta. Luego otro. No parecía el sonido de las olas contra el casco. Parecía algo desplazándose por debajo.

Se incorporó.

Escuchó pasos sobre cubierta y después la voz de Joaquín.

—¿Esteban?

Salió del camarote.

—¿También lo has oído?

Joaquín asintió. Los dos permanecieron en silencio. Algo rozó lentamente el casco desde proa hasta popa, no fue un golpe, se sintió como una caricia que hizo vibrar la madera bajo sus pies.

Uno de los hombres apareció desde el otro extremo.

—Debe ser una red.

Esteban quiso responder, pero entonces escucharon un ruido proveniente de la bodega, bajaron rápidamente con un farol. Los pulpos, todos se estaban moviendo, se agitaban dentro de los cajones, pero no intentaban escapar. Sus tentáculos se extendían hacia un mismo lado de la embarcación, amontonándose unos sobre otros, como si quisieran señalaran algo.

Joaquín levantó lentamente el farol.

—¿Qué demonios hacen?

Entonces cesaron todos al mismo tiempo. Esteban sintió un frío que nada tenía que ver con la temperatura.

Un golpe estremeció el barco. Después escucharon un grito en cubierta, subieron corriendo. El hombre que hacía guardia había desaparecido solo se encontraba su gorra junto a la borda.

—¡Manuel! — gritó Joaquín varias veces, pero nadie respondió. 

Esteban acercó el farol a las tablas había agua  y sobre ella una marca circular, luego otra y otra, formando una hilera húmeda que comenzaba junto a la borda — Ventosas — se dijo para sí. Luego dirigiéndose a la tripulación grito 

—Nos vamos .

Nadie discutió. Levantaron el ancla y pusieron rumbo a Barcelona. Durante casi una hora navegaron sin incidentes. Poco a poco, las luces de la costa comenzaron a distinguirse entre la niebla. Entonces el motor se detuvo, Esteban intentó arrancarlo pero nada. Joaquín bajó a revisarlo mientras los otros dos hombres permanecían en cubierta.

Fue entonces cuando escucharon el ruido. No venía del barco, venía del agua. Una exhalación profunda y húmeda surgió junto a la embarcación.

Uno de los hombres acercó el farol a la borda.

—No...

Fue lo único que alcanzó a decir antes que su cuerpo fuera enroscado por aquella cosa. 

Esteban nunca pudo recordar con claridad lo que vio después. Durante años, cuando intentó hacerlo, pero su memoria se detenía en fragmentos: el farol cayendo, los gritos, la madera crujiendo, Joaquín intentando cortar algo con un cuchillo. Y los tentáculos. Gruesos. Pálidos. Cubiertos de ventosas demasiado grandes. Uno de ellos se deslizó sobre la cubierta buscando a tientas, palpando las tablas con una lentitud que resultaba peor que cualquier ataque. Esteban retrocedió. El tentáculo se detuvo y las ventosas se contrajeron,  entonces giró hacia él. No necesitaba ojos, sabía exactamente dónde estaba. Esteban saltó, el agua helada lo envolvió sumergiéndolo por un momento.

Cuando volvió a la superficie, La Montserrat ya no estaba donde debía. Solo escuchó los gritos, los crujidos de madera y finalmente un silencio.

No supo cuánto tiempo permaneció flotando. Cuando un mercante francés lo encontró al amanecer, Esteban seguía aferrado a una tabla, con las manos ensangrentadas y los labios morados por el frío. Apenas reaccionó cuando lo subieron a cubierta. Durante horas permaneció envuelto en una manta, mirando el mar y repitiendo las mismas palabras:

—Las Agujas del Diablo... Las Agujas del Diablo...

Nadie creyó su historia. Los médicos hablaron de conmoción y las autoridades concluyeron que La Montserrat probablemente había chocado con una mina abandonada. Era una explicación conveniente para todos, incluso para Esteban, que terminó aceptándola en público y dejó de contar lo que había visto aquella noche. Nunca volvió a pescar. Con los pocos ahorros que tenía abrió una pequeña taberna cerca del puerto y se dedicó a cocinar para los mismos hombres con quienes antes había compartido el mar. Con los años dejaron de preguntarle por La Montserrat y él aprendió a escuchar sus historias de pesca sin mirar hacia las ventanas cuando alguno mencionaba Las Agujas. Solo había una cosa que nunca entraba en su cocina: pulpo.

Pasaron casi veinte años hasta que una mañana un viejo pescador llegó a la taberna cargando una cesta y la dejó sobre una de las mesas.

—Esto es para ti, Esteban. Lo sacamos esta madrugada.

Apartó el paño que la cubría y dejó al descubierto un pulpo de un tamaño considerable. Esteban se quedó inmóvil.

—Llévatelo.

—Está fresco.

—He dicho que te lo lleves.

El pescador lo miró sorprendido y después sonrió, creyendo comprender.

—Todavía con aquello...

Esteban no necesitó preguntar a qué se refería.

—¿Dónde lo encontraron?

El hombre tardó un instante en responder.

—Cerca de Las Agujas.

Esteban sintió el mismo frío que había sentido aquella noche dentro de La Montserrat. Miró el animal. Estaba muerto, con los tentáculos recogidos sobre sí mismos y los ojos opacos, pero durante un instante tuvo la absurda impresión de que uno de ellos acababa de moverse.

—Llévatelo —repitió.

El pescador se marchó riendo, aunque dejó la cesta sobre la mesa.

Esteban no volvió a tocarla durante todo el día. Atendió a sus clientes procurando ignorarla, pero cada cierto tiempo su mirada regresaba al paño que la cubría. Al cerrar la taberna estuvo a punto de arrojar el animal al puerto. No lo hizo. Después de veinte años estaba cansado de tener miedo de algo que todos aseguraban que nunca había ocurrido. Encendió las luces de la cocina, tomó el pulpo y comenzó a prepararlo.

Lo limpió y lo coció lentamente hasta que la carne quedó tierna. Después lo dejó enfriar y cortó los tentáculos en láminas muy finas que distribuyó cuidadosamente sobre un plato. Añadió aceite de oliva, unas gotas de limón, pimienta y alcaparras. Cuando terminó, se sirvió una copa de vino y contempló el carpaccio durante un largo rato.

Era solo comida.

Aquello era lo que quería demostrarse.

Tomó el tenedor y pinchó una de las láminas. La llevó hasta su boca, pero antes de probarla sintió una pequeña resistencia. Bajó la mano y observó que una de las ventosas se había cerrado alrededor de uno de los dientes del tenedor.

Esteban dejó caer el cubierto.

Permaneció inmóvil, esperando que ocurriera algo más. No ocurrió nada. La cocina estaba en silencio y el pulpo permanecía exactamente como lo había dejado. Se acercó lentamente, avergonzado de su propio miedo, y entonces escuchó un golpe proveniente del puerto.

Seco. Profundo.

El mismo sonido que había escuchado debajo de su litera veinte años atrás.

Esteban levantó la cabeza.

Un segundo golpe hizo vibrar ligeramente los cristales de la taberna.

Se acercó a la ventana. Afuera no había viento. Las embarcaciones permanecían inmóviles y el agua estaba tan tranquila que reflejaba las luces del muelle sin deformarlas. Durante unos segundos no vio nada y estuvo a punto de convencerse de que su imaginación había vuelto a jugarle una mala pasada.

Entonces algo rozó el cristal detrás de él.

Esteban se volvió lentamente.

Sobre la mesa, el plato estaba vacío.

Solo quedaban el aceite, el limón y un rastro húmedo que descendía por uno de sus bordes y continuaba sobre la madera.

Esteban siguió aquel rastro con la mirada.

Cruzaba la mesa, bajaba por una de las patas y desaparecía bajo la puerta de la cocina en dirección al puerto.

Carpaccio de pulpo

Ingredientes — 4 porciones

  • 500 g de pulpo limpio
  • 1 hoja de laurel
  • ½ cebolla
  • 1 limón
  • 2 cucharadas de aceite de oliva extra virgen
  • 1 cucharada de perejil fresco picado
  • ½ cucharadita de pimentón dulce o ahumado
  • Pimienta negra recién molida
  • Una pizca de sal
  • Alcaparras, opcionales

Preparación

  1. Cocinar el pulpo. Pon abundante agua en una olla junto con la cebolla y el laurel. Cuando hierva, toma el pulpo por la cabeza y sumerge los tentáculos tres veces durante unos segundos antes de introducirlo completamente. Cocina a fuego suave durante unos 35–45 minutos, dependiendo de su tamaño, hasta que esté tierno.
  2. Formar el cilindro. Retira el pulpo, deja que pierda un poco de temperatura y separa los tentáculos. Colócalos juntos y bien apretados dentro de una botella plástica limpia a la que previamente hayas cortado la parte superior. Presiona con fuerza para formar un bloque compacto.
  3. Enfriar. Cubre y lleva al congelador durante unas 3–4 horas. Debe quedar muy firme, pero resulta más fácil cortarlo si no está completamente congelado.
  4. Cortar el carpaccio. Retira el cilindro de pulpo y córtalo con un cuchillo muy afilado en láminas lo más finas posible. Distribúyelas sobre un plato frío, ligeramente superpuestas.
  5. Preparar el aliño. Mezcla el aceite de oliva con jugo de limón, pimienta y una pequeña cantidad de sal.
  6. Servir. Rocía el carpaccio justo antes de llevarlo a la mesa. Termina con perejil, pimentón y, si quieres, unas pocas alcaparras.