Todo comenzó hace un par de meses, Patrick se encontraba investigando un nuevo caso, mientras Williams estaba obsesionado con la Orden de los Rosacruces. Su nueva posición social lo había llevado a codearse con la clase alta de la ciudad, en quienes había sembrado su nueva obsesión de formar su propia orden.
Ambos frecuentaban el "Boston Club" fundado en la década de 1830. Ubicado en el elegante barrio de Beacon Hill, este club ha sido durante mucho tiempo un punto de encuentro para la élite social, política y empresarial de Boston. El edificio del Boston Club destacaba por su arquitectura clásica, con una impresionante fachada que reflejaba el estatus de la institución. En su interior, los miembros disfrutaban de espacios decorados con elegancia, salones de reuniones, comedores formales y una amplia biblioteca. Los muebles de época, las lámparas de araña y las obras de arte cuidadosamente seleccionadas creaban una atmósfera de lujo y sofisticación. El Boston Club no solo era un lugar para socializar, sino también un centro de influencia donde se discutían y decidía asuntos importantes.
- Oh, veo que nuestro querido Patrick nos acompañara esta noche - dijo uno de los comensales.
- Nuestro famoso investigador y escritor del ocultismo- añadió otro.
- ¿En qué nuevo caso estás metido esta vez? - pregunto un tercero.
- A mi amigo no le gusta mucho hablar de ello - intervino Williams, con una sonrisa medida.
- Es un caso algo complicado - respondió Patrick con voz grave - la policía esta consternada por la brutalidad de las muertes.
Boston vivía entonces una fuerte ola migratoria, marcada sobre todo por la llegada de irlandeses que huían de la Gran Hambruna. Este influjo transformó la demografía de la ciudad y avivó tensiones: los recién llegados, católicos y pobres, eran vistos con recelo por la mayoría protestante y puritana. De aquel choque nació la fuerza de movimientos nativistas como el Know-Nothing Party.
Las tensiones sociales se filtraban en la vida cotidiana. Barrios enteros se poblaban de inmigrantes que sobrevivían en la miseria, mientras las élites bostonianas cultivaban un estilo de vida exclusivo y refinado. Al mismo tiempo, la criminalidad crecía: las riñas callejeras entre pandillas de inmigrantes y grupos nativistas se volvieron habituales. No faltaban, además, las acusaciones de brujería o prácticas ocultistas en los arrabales, en especial contra mujeres irlandesas que recurrían a rezos, amuletos y remedios heredados de su tradición celta. Así, cualquier crimen sangriento terminaba rodeado por un aura demoníaca, como si fuerzas invisibles se disputaran las calles de la ciudad.
- Hola Inspector, ¿ a que debo el honor? - dijo Patrick cuando llego al callejón donde se encontraba la policía.
- Tenemos una escena del crimen-
- Es lamentable lo que que esta ocurriendo, por estos días… —murmuró Patrick, observando el entorno.
- Es cierto, pero esto no se compara con nada que hallamos visto, al parecer a la víctima le extrajeron las tripas.
Patrick ya había colaborado con la policía en otros casos, tenía una habilidad especial para encontrar detalles que el resto no veía, por lo que no era extraño encontrarlo en la escena del crimen.
La víctima era una muchacha de apenas dieciocho años. Tenía una herida al costado de donde al parecer le habían extraído algo de su interior. También tenía marcas en su cuello lo que indicaba que había sido estrangulada. Junto a su cuerpo, un pañuelo impregnado en láudano desprendía un olor penetrante, mezcla de adormecimiento y muerte.
—El asesino debió haberla tomado por el cuello y utilizar el pañuelo para adormecerla con el láudano —dijo Patrick, inclinándose sobre el cuerpo—. Después, la estranguló.
Patrick guardó silencio unos instantes, recorriendo con la mirada la herida abierta en el costado.
—La incisión es extraña… —prosiguió en voz baja—. No parece hecha por un cuchillo común. Las líneas no son limpias, sino irregulares, como si se hubiera empleado una herramienta rudimentaria, quizá de piedra, de filo tosco y gastado. Lo más inquietante… —se detuvo, rozando el aire con la mano, sin llegar a tocar la carne— …es que no da la impresión de un simple acto de violencia. Parece un corte deliberado, casi ritual, como si el asesino buscara extraer algo más que una vida.
- Habrá que esperar hasta el análisis del forense - dijo el Inspector.
- Gracias Inspector- respondió Patrick al momento que se retiraba, no sin antes detenerse a mirar algo que llamó su atención en el suelo - parece que nuestro asesino tenía algo de prisa- dijo.
- ¿Por qué lo dice ?- replicó el Inspector.
- Por la profundidad de las huellas en el barro - contestó Patrick, fijando la mirada en el rastro como si éste guardara un secreto - No son pisadas ligeras ni cuidadosas, sino hundidas y torpes… como si quien las dejó llevara la urgencia de entregar lo robado, temeroso de que el botín se le consumiera entre las manos.
—¿Lo robado? —replicó el inspector, frunciendo el ceño.
—Sí, lo robado —confirmó Patrick con calma—. Hay algo extraño en este asesinato… lo sabremos cuando hable el forense.
Al día siguiente, el inspector Fletcher y Patrick descendieron por un estrecho pasillo de piedra hasta llegar a la morgue de la ciudad. El lugar, más parecido a una cripta que a una dependencia médica, los recibió con un aire húmedo y denso, cargado de olores difíciles de soportar: cal viva, químicos corrosivos y la dulzura enfermiza de la carne en descomposición.
Las lámparas de gas parpadeaban en los muros de ladrillo ennegrecido, proyectando sombras alargadas que parecían moverse por voluntad propia. Bajo aquella luz mortecina, los cuerpos reposaban sobre mesas de mármol agrietado, manchado por fluidos que nunca terminaban de borrarse. Canales rudimentarios conducían el exceso hacia cubetas de cobre, de donde emanaba un goteo metálico que retumbaba como un reloj macabro.
—Dígame, doctor, ¿Qué ha podido averiguar? —preguntó el inspector.
—El cuerpo presenta una incisión en el costado derecho. La forma de la herida indica que se usó un objeto filoso… pero no era un cuchillo —explicó el médico, con voz grave.
—¿Un bisturí, quizás? —inquirió Patrick.
—No, tampoco. —El doctor negó con la cabeza—. No era metálico. Más bien parece haber sido de piedra. Mire aquí, en el borde: hay restos de sedimentos incrustados.
—¿No podría tratarse de barro de la calle? —replicó el inspector, arqueando una ceja.
—Tal vez… —admitió el médico—. Pero lo extraño es que esos restos están adheridos a la herida, como si formaran parte del desgaste natural del instrumento. He leído descripciones similares en viejos tratados… cuchillos de piedra usados en procesos de momificación.
Patrick guardó silencio, aunque en su interior la idea resonaba con fuerza: aquel asesino no solo mataba, repetía un rito antiguo.
—¿La causa de muerte? —preguntó el inspector.
—Asfixia —respondió el médico—. La víctima fue estrangulada. Si observan alrededor del cuello, podrán ver los moretones provocados por la presión de unas manos… muy probablemente las del propio asesino.
—¿Y el órgano extraído? —inquirió Patrick.
—Los intestinos. Pero lo más perturbador es que fueron arrancados mientras la muchacha aún estaba con vida.
—¿Por qué afirma eso? —insistió el inspector, inclinándose sobre el cuerpo.
—Por la reacción del tejido —explicó el médico, con tono grave—. Fíjese en los bordes de la herida: hay sangrado activo y señales de cicatrización inmediata. Eso solo ocurre si el corazón aún late.
Hubo un instante de silencio en la habitación, un silencio espeso, cargado de horror e incomprensión. El aire mismo parecía contener la respiración.
—¿Pero por qué extraer el órgano y luego matarla? —preguntó al fin el inspector, con un dejo de incredulidad que no lograba ocultar su inquietud.
Patrick desvió la mirada hacia la herida abierta, como si buscara en ella una verdad que los demás no podían ver.
—Tal vez… —murmuró con voz grave— no fue un asesinato en el sentido común de la palabra. Tal vez formó parte de un ritual.
—Gracias, doctor —dijeron ambos al retirarse del lugar.
Ya en el pasillo, Patrick se detuvo un instante y miró al inspector con seriedad.
—Me temo que pronto habrá una nueva víctima, inspector.
—¿Por qué lo dice? —preguntó el inspector, intrigado.
Patrick bajó la voz, como si hablara más consigo mismo que con su compañero.
—Una corazonada… —respondió, aunque en su mirada había algo más que intuición: un presentimiento oscuro, nacido de la experiencia y del rastro invisible que dejan los rituales.
La calle se encontraba oscura, solo se iluminaba de vez en vez, cuando algún rayo de luna lograba colarse entre las nubes.
La joven caminaba sin destino, buscando algún alma que necesitase de sus servicios, del calor que un cuerpo puede entregar. De pronto sintió que alguien la seguía. Su paso se volvió apresurado y, en un instante, ya corría sin mirar atrás.
Sin saber cómo, se halló en medio de aquel corredor oscuro. Un crujido a su espalda la obligó a detenerse. Un escalofrío recorrió su cuerpo y, desde la penumbra, una sombra saltó hacia ella.
—¡Maldito gato! —reclamó, con la voz aún temblorosa—. ¿Acaso no tienes nada mejor que hacer que asustar a la gen…?
Fue lo último que alcanzó a decir, pues una mano surgió de la oscuridad y tapó su boca con un pañuelo. El olor a cloroformo era sofocante. Sus fuerzas se desvanecieron y, en cuestión de segundos, la joven se hundió en la inconsciencia.
—¿Señor Patrick?
—¿Quién me busca a estas horas de la mañana? —dijo Patrick al abrir la puerta de su casa.
—El inspector lo requiere. Han encontrado un nuevo cuerpo —respondió el uniformado, aún con el aliento agitado por la urgencia.
—Espéreme un momento… debo vestirme.