DANELLA
El silencio que sigue es denso y amenazante: no es la calma después de la tormenta, sino la pausa antes de algo aún más íntimo y terrible. Atada a la silla, mantengo la compostura, consciente de que una sola palabra más podría ser mi final… o el detonante definitivo de la monstruosidad que Thomas está dispuesto a convertirse.
Veo cómo su mirada se nubla un instante, apenas un parpadeo, pero suficiente.
—Leí sobre ti en sus diarios —añado—. Por eso sé cuán predecible puedes ser. Sé lo que piensas, lo que harás al salir de esta habitación… incluso el propósito de esta mujer.
Thomas deja escapar una breve risa, seca, sin humor. Luego camina hacia Anabelle y la señala con un gesto teatral, elegante en su crueldad.
—Jamás podrías imaginar quién es ella. Es el mayor secreto de tu padre. Una parte olvidada de su vida… una pieza perdida.
Lo observo en silencio, midiendo cada respiración, esperando su siguiente jugada. Thomas se mueve con la cadencia de un director frente a su obra maestra, seguro de cada gesto. A su lado Anabelle se agita y deja escapar un gemido ahogado tras la mordaza; su desesperación es música para él. La contempla con un deleite sereno, casi reverente, como si estuviera ante el punto culminante de una sinfonía que solo él puede oír.
—Ella me ayudó a encontrarte —añade—. Su fidelidad a Moreau fue el hilo perfecto para llegar hasta ti. ¿Sabes por qué?
—No —respondo—, pero supongo que te mueres por contarlo.
Thomas sonríe. Esa sonrisa enferma que precede a una revelación.
—Es tu tía. La media hermana de tu padre. Cambió de identidad hace años, pero pude reconocerla. Se parece mucho a ti… en los ojos, sobre todo.
Lo miro sin pestañear, mi mente quiere procesar la información, encajando piezas que no quiero aceptar.
—¿Se supone que deba sentir algo? —pregunto al fin.
—Oh, piccola mia —murmura, inclinándose levemente—. Ella es el inicio de tu fin.
Vas a presenciar su muerte. La muerte necesaria de una inocente.
—Mueres por mostrarme tu talento, ¿verdad? Con esa misma desesperación con que buscabas que mi padre te notara. Sin embargo, tus métodos tortuosos dan asco.
La máquina zumba como un insecto enloquecido; su luz roja titila, obligando a la sala a respirar al mismo ritmo de ese pulso mecánico. Thomas sonríe, mientras Anabelle se retuerce con rabia, aunque sus ojos delatan un puro terror.
—No le ofrecerás a una condenada sus últimas palabras —interrumpo, justo antes de que las pinzas toquen su piel.
—¿Consideraciones con tu tía?
—No reconozco a esta mujer como algo mío. Sin embargo, parece que quiere decirme algo. Al fin y al cabo, ¿no la trajiste para eso?
—Hablará en su momento. —Coloca las pinzas con la ceremonia de quien prepara un experimento; alarga su sonrisa y comienza con la tortura.
Cada descarga atraviesa su cuerpo como un relámpago: la espalda se arquea, la respiración se quiebra en jadeos, los ojos se vuelven blanco, y la boca muerde la mordaza con ferocidad. Todo su cuerpo tiembla. Yo observo, sin inmutarme.
Una, dos, tres, cuatro descargas, y su cuerpo parece ir perdiendo la vida.
—Solo alguien sin ideas se resguarda en una máquina para quitar la vida.
Thomas se detiene, mirándome enfurecido.
—La estoy matando por placer.
—Eso es lo que hizo que mi padre no te tomara en cuenta: eres mediocre. Sin duda, el talento se hereda.
—A lo que tú llamas “talento” fueron puertas que yo abrí. Tú fuiste la grieta que no esperaba. Y voy a corregirla.
—No buscas matarme. Quieres reconocimiento, y no lo tendrás matándola a ella y culpándome a mí. Lo sabes bien. Todo lo que has hecho para que te noten los ha llevado a enaltecerme a mí. A la coleccionista original. ¿Cómo te sientes, siendo un verdadero idiota?
—No es así.
—Reconoce que has perdido. Estás en un callejón sin salida. Atrapado conmigo.
—¡Cállate! —Lleva las manos a la cabeza—. Sé lo que quieres lograr. Quieres que la libere.
—¿Por qué pediría eso? Tengo muchas ideas para convertir su cuerpo en mi nuevo lienzo. Pero está maltratado, y mi pregunta es: ¿por qué lo destruyes? Si sabes que en mí no encontrarás una pizca de compasión.
—Ya te dije que quiero que presencies su muerte.
—¿Con qué objetivo? ¿Mostrarme que eres mejor que yo? Si ya desde ahora demuestras que eres un inútil, una sombra, un patético y triste ser podrido sin ambición alguna. ¿Quieres ser como yo? Pues nunca podrás. ¿Quieres ser reconocido? Jamás lo lograrás. ¿Quieres que muera para poder ser libre en el mundo, como el monstruo más temido? ¡Jamás podrás! Porque cuando yo muera, tú morirás conmigo.
—¡Cierra la maldita boca! —grita—. ¡Yo soy mejor!
—No veo tu nombre por ninguna parte.
—Déjame mostrarte lo que puedo provocar en ti. Con ella.
—Espero que me sorprendas, porque no estás provocando nada en mí. Volkov y Alessandro lograron erizarme la piel.
—Yo lograré mucho más.
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