DANELLA
Dejo el cuerpo de Éric sobre el adoquín frío. Al levantar la vista, distingo una silueta en la esquina: quieta, observándome. Apenas nota que lo he visto, se gira y se interna en un callejón. Sin pensarlo, dejo el cuerpo atrás y lo sigo. A mis espaldas, los gritos de los curiosos empiezan a llenar la calle.
—¡Detente, Thomas! —mi voz corta el aire con la precisión de una hoja quirúrgica.
Él se detiene, gira despacio, con una sonrisa que no pertenece a ningún ser cuerdo.
—Sabía que me encontrarías.
—Tu ego de un asesino barato, me puso aquí. —respondo, sin expresión.
Su risa es breve, seca.
—Cuando Alessandro dijo que podría quebrarte, no le creí. Pero luego lo vi morir... y entendí que tenía razón: incluso tú puedes romperte. Henri fue la primera grieta, Éric la última. Te importó, Danella. Lo vi en tu cara cuando cayó. ¿La mujer sin alma sintió algo por fin?
—No me halagues, Thomas. No sabes lo que sientes ni tú mismo.
Da un paso hacia mí, los ojos encendidos por una mezcla de fascinación y locura.
—Somos iguales. Dos mentes hechas de hielo y curiosidad. Dos artistas con el mismo don: perfeccionar lo que otros temen tocar. Pero tú... tú tuviste el privilegio de ser hija de un genio.
—Y tú el infortunio de nacer mediocre.
Su sonrisa se tensa, pero no responde al golpe.
—Tu padre creó algo que puede cambiarlo todo. Lo usaste en Alessandro, ¿no? El prototipo... el suero. Dime dónde está, Danella. Lo terminaré yo. Seré quien continúe su obra.
—¿“Su obra”? —repito, burlona—. No entiendes nada. No puedes perfeccionar lo que no comprendes.
—Oh, sí puedo —dice, casi excitado—. Yo veo lo que otros no. El suero no era una cura, era una llave. Y tú tienes la fórmula. Tu padre te la confió antes de morir.
—¿Porque te lo daría? Esa formula es mía.
Thomas ríe despacio, bajando la mirada, como si hablara consigo mismo.
—Él te admiraba por tus manos... yo te admiro por tus límites. Rompes lo que amas solo para entender cómo funciona. Eso es arte. Eso es perfección.
—No eres más que la copia barata intentando convencerse de ser original.
Él alza la vista con una serenidad que hiela la sangre; ni un músculo tiembla, ni una emoción traiciona su rostro.
—Puede ser —dice con voz baja, casi afectuosa—. Pero recuerda esto, piccola creatura: incluso la copia puede sobrevivir cuando el original se destruye.
—¿Aspiras solo a ser mi copia? —pregunto con un tono de burla suave—. Has invertido demasiado tiempo para conformarte con vivir en las sombras, sin nombre, sin historia.
Thomas da un paso hacia mí; sus ojos se encienden con una locura contenida.
—Quiero que te unas a mí. Dos mentes así, compartiendo método y silencio. Dominaríamos lo que quede de este mundo enfermo. —Hace una pausa, la suficiente para saborear su delirio. —Tú, la estatua que atrae las miradas; yo, el titiritero que mueve los hilos desde la penumbra. ¿Lo imaginas, Danella?
Le sostengo la mirada sin pestañear, con una calma tan profunda que podría confundirse con compasión.
—Lo único que imagino —digo despacio, palabra por palabra— es cada forma posible de hacer que tu agonía sea infinita.
Por primera vez, su sonrisa se resquebraja. No esperaba rechazo, mucho menos indiferencia.
—Esperaba más de ti —responde, forzando una mueca que pretende dignidad—. Me decepcionas.
—Sin embargo, tú a mí, no. Eres exactamente lo que imaginé: un imitador que se cree genio, un eco que no soporta el silencio.
El viento se cuela entre los edificios, las sirenas se acercan, y por un instante, ambos sabemos que el juego acaba de cambiar de manos.
La sirena corta el aire en lontananza; me giro un instante, calculando la distancia y la trayectoria de la luz azul que se aproxima. Ese mínimo titubeo es exactamente lo que él espera.
Thomas se abalanza con la calma de quien ataca por costumbre: no corre, no malgasta movimiento, se desplaza como un animal que sabe el final del salto. Antes de que pueda retroceder, siento frío y mordisco: una jeringa clavada en el cuello, profunda y precisa. El metal entra, la sensación es aguda, un fuego que se extiende bajo la piel; el líquido quema y adormece a la vez. Me sujeta con manos firmes, no para herirme más, sino para inmovilizarme.
—Tengo un regalo para ti —susurra, con esa dulzura mecánica que le sirve de máscara—. Te va a gustar.
Cierro los ojos porque no pienso darle la ventaja de mi mirada. Todo se reduce a dos pulsos: el suyo, firme y seguro, y el mío, que empieza a volverse pesado, distante. No hay miedo. Solo la conciencia helada de lo inevitable. Mientras el líquido recorre mis venas, analizo su coreografía: la provocación, la distracción, la aguja. Todo ha sido teatro. Su teatro.
Siento cómo me alza, y mi cuerpo —traidor y dócil— se deja arrastrar hacia el final del callejón, donde el sonido de un auto deteniéndose me hace abrir los ojos. Una furgoneta negra se divisa. Observo la escena desde un rincón de mi mente, como si fuera una espectadora más, ajena a mi propia caída. La puerta trasera se abre, y la penumbra revela tres figuras: dos hombres y una mujer.
—È lei? —pregunta la mujer, sujetándome del brazo—. È molto più giovane di quanto hai detto.
—Sembra così fragile... Non posso credere che sia una psicopatica. Non fa paura come te.—murmura uno de los hombres, con una mezcla de incredulidad y burla.
Thomas sonríe apenas.
—Tiene lo único que me falta para completar mi negocio. —responde, cerrando la puerta con un golpe seco.
El motor ruge, y el mundo se disuelve en un murmullo metálico.
¿Por qué Thomas busca el sueño de mi padre? No puede ser simple curiosidad. ¿Trabajaron juntos? ¿Lo conoció… o lo estudió como a una pieza de laboratorio? Por su edad, debieron cruzarse en algún punto. Si fue tan brillante, ¿por qué nadie habló de él?
Las preguntas se arrastran una sobre otra, como cuchillas.
Demasiadas coincidencias… demasiadas sombras.
Observo a los tres que viajan conmigo. La mujer mantiene la mirada fija en mí, los hombres evitan hacerlo. No son improvisados. Se mueven con la disciplina del miedo. ¿Aliados? ¿Estudiantes? ¿O simples piezas, como Volvok y Alessandro, marionetas en el teatro de otro?
Si Henri no los descubrió, fue porque nunca miró en la dirección correcta.
Tal vez Thomas no es un enemigo nuevo.
Tal vez ha estado ahí siempre, respirando en los márgenes, esperando el momento en que mi sangre —la herencia de mi padre— se convirtiera en su llave.
Y si es así… no sabe lo que ha desatado.
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