DANELLA —dos semanas después
El reloj de pared marca las ocho de la noche cuando Henri regresa. Entra en silencio, con una carpeta bajo el brazo. Sus pasos son pesados, como si la información que carga lo desgastara más que el viaje mismo. Se detiene frente a mí, deja el expediente sobre la mesa de centro. No habla de inmediato; mide mis gestos, espera que yo rompa la calma. No lo hago.
Al final, cede.
—Revisamos las cámaras. El niño no sabe nada. Lo usaron como mensajero sin que sospechara. Es un callejón sin salida.
No me inmuto. Solo levanto una mano para que continúe.
Él abre la carpeta. Sus dedos rozan los papeles con la torpeza de quien teme lo que va a decir.
—Pero encontré lo que pediste. El informe de Moreau.
Me incorporo un poco. El interés me recorre como un escalofrío controlado. Henri pasa las hojas hasta llegar a un dossier con el sello de la policía. Lo abre. La fotografía de Moreau me observa desde arriba: el mismo rostro endurecido por los años, los mismos ojos cansados, pero aún despiertos.
—Moreau investiga varios homicidios recientes, aunque ninguno parece vinculado a ti. Robos violentos, ajustes de cuentas, un par de desapariciones. Pero… —baja la voz— …el expediente de la Coleccionista sigue en su mesa.
Cierro los ojos un instante y sonrío, lenta, contenida, como quien degusta un postre prohibido.
—Casi dieciséis años para él… y aún no puede dormir sin pensar en mí.
—Lo revisa cada semana. —Henri insiste—. Aunque oficialmente no está en la lista activa de casos, él lo mantiene vivo. Lo estudia, lo relee, lo ordena. Dicen que a veces llega de madrugada a la oficina y lo primero que hace es abrir ese expediente.
El silencio se espesa. Yo acaricio el filo de mi copa vacía, dejo que el cristal cante bajo mis uñas.
—Es un hombre perseguido por sus muertos —susurro con frialdad—. Yo soy su fantasma.
Henri asiente, incómodo.
—Es una obsesión, Danella. Moreau nunca te soltó.
Abro los ojos, la sonrisa aún curva en mis labios.
—Perfecto.
Recojo el expediente y hojeo las páginas. Sus anotaciones, los mapas, los vínculos trazados como hilos de un cazador que nunca descansa. Puedo sentirlo, casi olerlo: Moreau está cansado, pero su deseo de atraparme lo mantiene en pie. Y eso me fascina.
—Cuando aparezca otro rastro… —menciona Henri nervioso— …Moreau será el primero en verlo.
Cierro el expediente de golpe, cruzo las piernas con calma, como si acabara de dictar una sentencia inevitable.
—Y yo —prosigo, con un brillo helado en los ojos— …seré la segunda en obtener esa información. Quiero que vigiles cada movimiento de Moreau, Henri. Cada visita, cada archivo, cada llamada. Él será mi brújula.
Henri asiente, resignado.
—Lo haré.
Me levanto y camino hacia la ventana. Afuera, la ciudad duerme bajo un manto de luces mortecinas. Pienso en Moreau, en su insomnio, en la forma en que mi nombre aún lo persigue como un castigo.
Sonrío apenas, observando mi reflejo en el cristal.
—Un hombre me desea. El otro me teme. —murmuro—. Y ambos, inevitablemente, terminarán frente a mí.
Cierro las cortinas y vuelvo a la mesa. Mis dedos se deslizan sobre la carpeta, pero mis pensamientos viajan lejos, hacia lo que haré cuando llegue el momento de tener en frente al impostor. Imagino un cuerpo atado, desnudo, la piel temblando bajo el filo de mi bisturí. El silencio roto solo por una respiración entrecortada, por un gemido que se convierte en grito.
No lo mataré de inmediato. El arte exige tiempo, paciencia, dedicación. Cada corte será un mensaje, cada desgarro un recordatorio de que nadie puede apropiarse de lo que yo he creado. Abriré un pecho con la delicadeza de una caricia y dejaré que el corazón palpite ante mis ojos, como un pájaro atrapado. Lo miraré a los ojos y le susurraré lo inevitable: no somos iguales.
El pensamiento me provoca un escalofrío delicioso. Cierro los ojos y lo disfruto como otros disfrutan del sexo. Henri me observa en silencio, tal vez intuye lo que pienso, tal vez no.
Sirvo vino de nuevo. El líquido rojo cae en la copa como sangre fresca. Brindo conmigo misma, con el reflejo de la mujer que ya no se esconde. París recordará quién soy.
La Coleccionista no perdona.
La Coleccionista no comparte su nombre.
La Coleccionista siempre termina lo que empieza.
Henri carraspea, rompe la quietud como un trueno lejano. Apoya sus manos sobre la mesa, con sus dedos tamborilean apenas contra la madera. Me observa con esa mezcla de respeto y recelo que solo él se atreve a mostrarme.
—Juegas un juego peligroso, Danella —dice, su voz grave cargada de advertencia—. Cada vez que sonríes de ese modo, siento que el filo de tu cuchilla está más cerca de tu garganta que de la de tu enemigo.
Entrecierro los ojos, saboreo sus palabras como otro sorbo de vino. Él no entiende. Henri vive de cautelas. Yo soy la sombra misma.
—¿Me adviertes, Henri? —pregunto con ironía.
Él inclina la cabeza, un gesto entre súplica y reproche.
—Te recuerdo que incluso los cazadores más astutos caen en sus propias trampas. Si te dejas arrastrar por la obsesión, no habrá red que te sostenga.
Lo escucho en silencio, la copa en la mano, la sonrisa fija. En el fondo sé que tiene razón, pero esa verdad nunca me ha detenido.
Apuro el vino de un trago. El cristal resuena sobre la mesa como un eco funesto.
—Entonces dime, Henri… —murmuro— ¿quién suele caer primero? ¿El cazador que se confía… o la presa que osa usurpar un nombre que no le pertenece?
Henri no responde. Su mirada basta.
Y en ese silencio sé que nuestra alianza pende de un hilo tan frágil como mi propia cordura.
¿Te gustó el capítulo? Compártelo y apoya al autor.


