DANELLA—dos meses más tarde
Las luces son mínimas, apenas unas velas y una lámpara vieja que proyecta sombras alargadas contra los muros. Me gusta observarlas: parecen cuchillos suspendidos, listos para caer sobre una garganta distraída. Henri corta la carne con disciplina, pero sus ojos, de tanto en tanto, se clavan en mí. No lo hace para admirar: me estudia, intenta descifrarme.
Por fin habla, como quien derrama sangre en agua pura:
—He empezado a movilizar a mi gente por el país. Tras el último atentado, el imitador desapareció. Se esfumó sin huella. Pero no podrá ocultarse por mucho tiempo. En cuanto reaparezca, lo tendremos.
Clavo el tenedor en la carne y lo levanto lentamente. La luz de la vela tiñe el metal de tonos rojizos, como si gotease sangre fresca. Me lo llevo a la boca con parsimonia. Mastico, trago, y después sonrío sin calidez.
—Siempre vuelven, Henri. La carroña nunca sabe esconderse del todo. Tarde o temprano se delata.
Él deja el cuchillo y entrelaza los dedos sobre la mesa. Su calma es un disfraz, un intento de parecer más fuerte de lo que realmente es. Me divierte. Henri quiere probarme, pero ya se ha rendido. Lo sé, y lo saboreo.
—Además —prosigue—, tenemos a alguien cerca de Moreau. Desde ahora sabremos cada paso que dé, cada movimiento en su investigación. Su gran obsesión, la Coleccionista, estará desnuda ante nosotros, como un cadáver sobre una mesa de disección.
El nombre me acaricia los oídos. La Coleccionista. Mi condena y mi gloria. Lo dejo flotar en el aire antes de responder.
Bebo un sorbo de vino y lo retengo en mi boca como si fuera sangre caliente. Después lo trago, dejando que queme en la garganta. Mis ojos, fijos en él, no se mueven.
—No subestimes a Moreau. Si no me atrapó en el pasado, no fue porque no pudiera. Fue porque no quiso.
Henri arquea una ceja, curioso. La luz de la vela revela un destello de sonrisa.
—¿Y por qué dices eso?
Lo sostengo con la mirada, inmóvil.
—Porque ve en mí lo que guarda en su interior. Él también tiene oscuridad. La disfraza de ley y deber, pero la oscuridad lo acompaña. Yo la acepté, la abracé. Él aún finge temerla, aunque no engaña a nadie.
Se reclina un poco, bajando la voz.
—Catorce años han pasado desde que se fue tu padre. Ahora tienes la oportunidad de empezar de nuevo, conmigo. No me malinterpretes… yo creo en ti, Danella, pero temo que te consumas si sigues persiguiendo fantasmas.
Apoyo el tenedor sobre la mesa y sonrío con un filo de sarcasmo.
—El pasado me sigue, Henri. No puedo cambiar lo que soy.
Deslizo entonces una tarjeta hacia él. La toma con cautela. La gira. La lee: —Tú y yo somos iguales.—
Su rostro se crispa. Lo noto en la tensión de sus dedos, en sus labios apretados. Lo dejo unos segundos en ese silencio espeso antes de hablar.
—Es del imitador. Está delante de nosotros, Henri. Sabe dónde encontrarme. Lo que significa que siempre me ha estado vigilando, encargándose de manchar mi nombre cuando le place.
—No es posible —murmura él.
—Tan posible como que tu gente no está haciendo bien su trabajo. —Cada palabra es veneno.
Lo miro fijo, inmisericorde. Henri aparta la vista apenas un instante. Ese parpadeo me basta. Le pesa. Le duele. Y confirmo lo obvio: no puede negarlo.
—Lo tendremos —dice, intentando recobrar firmeza—. Te lo juro.
Sonrío apenas, helada.
—No quiero promesas, Henri. Quiero resultados. Cinco meses llevo en esta ciudad… y eso le bastó a ese infeliz para encontrarme.
Su mandíbula se tensa.
—¿Dónde hallaste esa nota?
—En un libro de la biblioteca. Un niño la devolvió.
Henri se inclina hacia adelante, más grave.
—Revisaré las cámaras.
—Ya lo hice. —le corto antes de que termine—. Fue el niño quien colocó la tarjeta en el libro. Alguien se la entregó afuera. El imbécil obedeció sin sospechar. Estoy segura de que el imitador disfrutó imaginando mi reacción.
Henri maldice por lo bajo, luego se recompone.
—Hablaré con Renaud. Revisará las cámaras cercanas y daremos con ese niño.
Bebo otro sorbo de vino, sin apartar mis ojos de él.
—Tómate el tiempo que quieras. Regresará. Ese bastardo es impaciente. Necesita atención. Necesita que lo miren. Y pronto hará su próximo trabajo.
Apoyo la copa con calma, y lo atravieso con la última orden.
—Mientras tanto, dame un informe de Moreau. Qué hace, qué casos investiga. Uno de ellos debe darme la pista del imitador. Y esta vez, Henri… no falles.
El silencio regresa, espeso, casi tangible. Henri me observa, como si aún buscara humanidad en mí, como si en el fondo me viera como una hija perdida. Qué ingenuo.
Yo solo veo carne función, herramienta y nada más.
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